La ecología barata de ‘Madre!’, la polémica película de Darren Aronofsky

 Por Ana Sanel

La ecología está de moda. Y seguirá estándolo, por la cuenta que nos trae.  Eso sí, pasará de ser un suave susurro que acaricie nuestro oído a convertirse en un escalofrío de esos que hielan la sangre. Sí, ese sudor frío que provoca la sensación de tener sobre nuestras cabezas una guillotina siempre a punto de desplomarse. Y no exagero, la ciencia así lo pronostica.

Hoy, como es bien sabido, el fin del mundo, de nuestro mundo, se ve lejos, sin embargo. No parece importar que las advertencias vengan de parte de los más prestigiosos científicos, ni que haya un clamoroso consenso al respecto. Ni qué decir tiene que tampoco nos hacen mella excesiva las evidentes consecuencias que ya empezamos a sufrir.

Pero algo ha calado el mensaje, hay que reconocerlo. Por ahora, también es cierto, el compromiso sigue siendo más una pose, un postureo político, que una realidad. También es complicado encontrar ciudadanos comprometidos, si bien la batuta ha de llevarla quien sostiene el poder establecido. Sería estúpido e insultante caer en la frivolidad de acusar al ciudadano del acabose ambiental que está tejiéndose, cual tela de araña de la que será imposible escapar.

Con el tiempo, conforme vaya adelgazando la rama sobre la que nos sentamos, la sonrisa se trocará en un alarido de pavor. Puro vértigo ante la que se avecina, aunque para enteonces, será ya un grito en el desierto. Llegados a este punto, tampoco hay que preocuparse más de lo necesario. Probablemente, ya no habrá marcha atrás, advierte la ciencia una y otra vez.

Sea como fuere, no cabe duda de que no hay peor sordo que el que no quiere oír. Eso sí, aquellos años en los que hablar de ecología era casi una excentricidad han dejado paso a un tiempo algo más benevolente. Científicos y activistas ambientales, muchas veces lo mismo, nos resultan más familiares, y sus causas se consideran parte del escenario que nos ha traído el nuevo siglo.

Ahora,  incluso, la ecología mola y vende, aunque pedir una decidida apuesta a nivel político y ciudadano sigue siendo mera utopía. Es decir, siguen corriendo malos tiempos para la ecología, líricas aparte.

 

Subirse al carro de lo que vende

El cine no iba a quedar a un lado, obvio. El séptimo arte está empezando a flirtear con la idea de la necesidad de cuidar el entorno. En otras palabras, está empezando a flirtear con la idea de sacar dinero, mucho dinero ordeñando este tema para la gran pantalla.

No se arriesga lo más mínimo. Solo se trata de hacer taquilla hincando el diente a la concienciación sobre el cuidado del Planeta Tierra, un tema cada vez más popular, que ya tiene carta de naturaleza dentro del estatus quo.

Eso sí, el tratamiento tampoco puede ir demasiado allá, y si se hace, que quede en el fondo de la mente del espectador. El cuidado ambiental no se trata como un fin en sí mismo ni haciendo una crítica descarnada que nos haga plantearnos las cosas en serio. Se hace desde un enfoque utilitarista que, vaya por delante, además me parece muy feo, absolutamente falto de empatía y, por ende, egoísta a full.

Porque, seamos sinceros: eso de salvar el entorno importa por el hecho de ser la única manera de salvar nuestro pellejo. Al margen de esto, ahora sí, por suerte, el medioambientalismo está en la agenda política, aunque sea únicamente de boquilla. Una realidad palmaria que me viene de miedo para comparar la película “¡Madre!” de Darren Aronofsky con una pretendida apuesta cinematográfica ecologista. A la postre, también “de mentira”.

Si se me permite decirlo a bocajarro, su poderoso simbolismo es, simple y llanamente, una manera de trasladar al espectador la responsabilidad de encontrar su significado auténtico sin quejarse de lo críptico que resulte ese pretendido mensaje ecologista.

Por un lado, Aronofsky tira del doble significado que tiene la palabra “madre” como progenitora humana y también como Madre Naturaleza, dentro de una trama repleta de referencias bíblicas.

Es así como pretende que cada grito de la protagonista, cada segundo de sufrimiento sea un doble golpe infligido tanto a la violencia machista como a la destrucción que está sufriendo el planeta. Una comparación de parvulario, con perdón. Cero elaborado, cero ingenioso, cero novedoso, cero creativo.

Para quienes lo desconozcan, la película se desarrolla en una casa ubicada en un bosque, aislada, donde vive una pareja. Ella, interpretada por Jennifer Lawrence, vive entregada a complacer a su marido, un Javier Bardem que encarna a un escritor de éxito que atraviesa una crisis creativa. Para aliñar el plato, entran en escena Ed Harris y Michelle Pfeiffer, y es a partir de estos personajes cuando Aronofsky empieza a remover la ensalada, hasta convertirla en un auténtico poupourri, azuzando el conflicto hasta el extremo para que no decaiga.

Junto a una alegoría bíblica en la que basa la película, -en la que también peca de rebuscamiento, intentando fallidamente un respaldo teórico que queda en regusto intelectualoide-, el director neoyorquino convierte la vocación cosmopolita de la Gran Manzana que anida en él en una tentación irresistible: la adoración al bellocino de oro le lleva a morderla.

Una tentación que, inevitablemente, acaba echándole del paraíso. De ese Olimpo que pretende conquistar a golpe de fuegos artificiales. Y es que la obra maestra es una planta que crece en otros ecosistemas, en aquellos en los que grandeza y autenticidad como resultado de un talento que va más allá de un copia y pega que logra sentar al “enano” de Aronofsky a hombros de gigantes, al decir de Newton.

 

Lugares comunes

¿Complejidad o oscuridad? ¿Inteligencia o simplicidad? Más bien olfato para acaparar titulares: el titular de los protagonistas (miles de ellos, en realidad, tratándose de Bardem y de la niña bonita de moda de la meca del cine), sin olvidar a los secundarios (de la talla de Michelle Pfeiffer), así como el titular de la Madre Tierra como simbolismo o el de un director disfrazado de independiente y arriesgado que, a la postre, saca de la chistera la consabida paloma.

Es decir, acaba jugando con lugares comunes. ¿Así las cosas, he de aplaudir este film a nivel ecologista? Con las gafas verdes puestas y unas expectativas que esperan un mínimo de verdad, originalidad y, en definitiva, una obra de autor, la respuesta es no.

No puede ser de otro modo cuando lo que se hace es tirar de típicos tópicos: desde unas referencias bíblicas más bien anodinas y simplonas pero, sobre todo, repetidas hasta la saciedad, hasta el simbolismo que juega con lo ecológico como un plus con el que dar una dimensión a la película que traíga a más espectadores. Ampliamos, de este modo tan sencillo, el abanico de potenciales espectadores. Nada mal, salvo porque es una falacia.

¿Porque, qué tiene que decirme la película? ¿Qué me aporta? ¿Una mujer que se muestra como mujer, al albur de imponderables, incluso en clave feminista, y también como símbolo de la naturaleza?  ¿Una naturaleza con hermoso rostro, sexy, frágil, ultrajada, apaleada…?¿Eso es todo?

Las cosas hubieran cambiado, por ejemplo, tan solo haciendo un cambio formal. Casi hubiera preferido justo lo contrario: algo así como una planta que simbolizara a la mujer, en lugar de tener que imaginar que ésta es un planeta que nos lo da todo y acaba destrozado. Pero eso vende menos. Las moléculas espejo no funcionan igual, obviamente pero, sobre todo, es muy difícil de realizar, y no digamos de forma magistral. Además de ser infinitamente más original, todo sea dicho.

Puestos a aguantar la típica historia plagada de conflictos entre una pareja, hubiera preferido una actriz desconocida, una verdadera apuesta por un talento dramático aún por explotar. Porque hacerlo a caballo ganador es una apuesta muerta. Eso sí, tiene un increíble tirón en taquilla, y eso no puede despreciarse.

Entre otras cosas, porque hablamos de una jovencita celebérrima. Busquemos algo menos elaborado, menos facilón. ¿Qué tal una vieja histérica al límite, como está ahora la Tierra? De nuevo, vende más una veinteañera sexy, a la que gusta ver en un registro tan exagerado como éste, convirtiéndola en una triste marioneta del director incluso tras haberse consagrado.

Tiene su cosa verla fuera de sí, casi casi como una liminar buscando formar parte del selecto grupo de actrices que consiguen premios no solo por su belleza, sino por su talento dramático. Quiza es eso: busca su próximo trofeo, y quizá sea eso lo que hace, perseguir ese segundo Oscar, que tanto se le está resistiendo.

Personalmente, hubiera preferido una naturaleza con capacidad de respuesta, más vivida, levantisca y al mismo tiempo contra las cuerdas, en un callejón sin salida pero respondiendo, jugando sus cartas de forma magistral, haciendo sentir su fuerza descomunal ante la que el ser humano nada puede.

Porque no cabe duda de que vapulearla significa empedrar el camino que nos lleve al fin del mundo, de nuestro mundo, es cierto, pero por otro lado ese caos es también nuestro final. De hecho, los que quedaremos fuera de combate seremos nosotros. Pero también es cierto que la guerra acabará ganándola el planeta, puesto que seguirá girando el mundo, si bien será un amanecer distinto, en el que no tendremos cabida.

No en vano, arrancar el corazón del planeta significa firmar la condena de muerte de la especie humana. Un acabose en forma de eventos extremos, deshielo y otros regalos gentileza del cambio climático y del avance a toda máquina de la próxima extinción masiva: la sexta, para más señas.

 

¿Dónde está la ecología?

Sin ir tan lejos, considerar que la película tiene una lectura ecológica es poco menos que un acto de fe. Básicamente, cualquier película en la que la parte fuerte hace uso de la fuerza para dominar me puede servir como símbolo destrucción ambiental. Muy básico, demasiado. Necesito ese algo que lo cambia todo.

Necesito esa savia nueva que me alimente, que enriquezca mi conciencia ecológica. O simplemente mi alma. Las verdaderas obras de arte es lo que tienen, que permiten hacer un sinfín de lecturas, a placer. Pero en este caso no hay hilo del que tirar. Y si lo hay, entonces me sirve cualquier otro hilo. Demasiado elástico, demasiado abstracto, intangible… quizá porque se trata de subirse al carro de lo ecológico.

En definitiva, por mucho que su director diga lo contrario, no hay un punto de apoyo a partir del que mover el mundo. O, aún mejor, a partir del que concienciarse con el fin de poner nuestro granito de arena para conservarlo.

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