Izquierda nativa, izquierda colonial y la izquierda

Por Claudio de Prócer @rojo_y_blasfemo


Reflexión sobre la “Berdadera Hisquierda” sectaria, las masas a las que sin mucho éxito aspira y las claves para entender el fracaso general del socialismo emancipador.

La mayoría de gente que votaba a Izquierda Unida era parte de la mal llamada clase media-alta. El núcleo duro de Podemos son universitarios cabreados. Atrás quedo la intención -que no las consignas- de atraerse a la clase trabajadora, a la ama de casa, al jubilado que subía andamios. Por mucho que se apele a la consciencia de clase, la realidad tangible, en forma de estadística de voto, es otra.

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Esa izquierda nativa, esa izquierda muchas veces rancia que teóricamente venía Podemos a substituir, sigue viva. No se ha enterrado a los Llamazares, que se contentaban con un 10% de votos, no se ha desterrado a los cainitas que cargaban contra sus propios compañeros de movimiento por ser demasiado blandos. Demasiada leche en el café. Demasiada calle, demasiada plaza, demasiado pueblo. Porque en el fondo, la izquierda nativa, muchas veces sectaria, suele cargar contra aquéllos que no utilizan la jerga académica, que no respetan la pureza de la raza “izquierdista”. La izquierda nativa entonces destroza, desde el aparato político, a aquéllos que tienen la vana pretensión de acercarse más al obrero a pie de obra, al agricultor que trabaja su campo, al maestro abnegado. Irónicamente, hace exiliado forzado de sus propias filas a todos los irremediablemente culpables de ser y hablar pueblo.

Decía Bertolt Brecht que los que preparaban la revolución socialista en los años veinte alemanes se enfrentaban a ese mismo problema, y que, a diferencia de la escena actual, se bajó de los astros marxistas para enfrentarse y combatir a la cruda realidad de la vida y los precarios conocimientos de una masa que tomaba por primera vez conciencia. En una de ésas, un obrero cansado dijo “socialismo son patatas”. Eso es, o debe ser, el socialismo, garantía de una vida libre, igual y justa para todos, y no en función del capital disponible como hasta ahora.

Si para ese obrero alemán el socialismo eran patatas, para el obrero español es un coche, una casa, un colegio para sus hijos. Las demandas son las mismas. El problema que tenemos se llama izquierda nativa, que lejos de aceptar ese hecho de “masa inconsciente” decide elevarse sobre ellos, en un alarde de superioridad sin precedentes, y condenar a esa izquierda colonial que viene a apropiarse de la “Berdadera Hizquierda”.

Es ridículo. Cualquiera de esos trabajadores no pasaría el test de nacionalidad izquierdista, no sería material revolucionario. Se exige a la sociedad una consciencia crítica sin que ésta tenga capacidad material para desarrollarla en muchos de los casos, no por falta de inteligencia, sino por el contexto en el que se ven inmersas. Y a la vez que se exige, no se dan los elementos necesarios para desarrollarla, pues claro: es mucho más fácil marcarse un “Trump” ideológico y construir una valla entre “ilustrados” y plebe.

Y así es normal que gane la derecha, el populismo y el fascismo en todo el mundo. Porque la derecha no hace asco a las masas, provengan de donde provengan. No pide como requisito leerse Das Kapital del derecho y del revés. No pide una disertación sobre el asamblearismo, ni sobre los roles de poder. Sólo pide el voto, con mensajes simples, directos y que se han demostrado eficaces. Si para combatir la lógica de un racista hemos de elevarnos a la abstracción, que no nos quede ninguna duda de que nos van a dar una paliza electoral perpetua.

Quizás la respuesta sea intercambiar los papeles. Pasar de nativos a colonizadores, siendo nosotros los que colonicemos mentes dormidas. Pero eso sólo es posible si hablamos de la realidad, del día a día, de las luchas cotidianas. Al trabajador le da igual la lucha de clases, el materialismo histórico y el patriarcado. Él quiere tener control sobre su sueldo, tener relevancia política y una sociedad igualitaria en cuanto a géneros. Acercarse con lo primero al parado, al estudiante sin salidas y a la madre con hijos nos lleva a la derrota eterna. Tener el valor de elaborar un discurso político propio del siglo XXI, y dejar los debates abstractos para horas muertas y no para los mítines, conduce invariablemente a la victoria. No se trata de rebajar demandas. Se trata de conectar con la gente con un discurso que nos haga pueblo, para acercarnos al pueblo, para que el pueblo sea pueblo. Dureza, sí, pero flexibilidad en las formas. Que permanezca el contenido pero que cambie la comunicación, porque no deja de ser un problema de comunicación fallida y desconexión de la sociedad.

Hace unos días, se le echaron al cuello desde Twitter a Alberto Garzón por decir que no podía ir con el discurso académico a la cola del INEM. Garzón estaba en lo cierto; lo tomarían por loco y ni un 5% lo votaría. Pero la izquierda nativa, aunque la necesite, recela de la izquierda colonial, que acaba de llegar, que no conoces las costumbres y tradiciones ideológicas del marxismo y otras corrientes. Supuran descalificaciones rábidas por vender a la izquierda, por un lado, y por considerar a los obreros analfabetos, por otro. Vender a la izquierda no es hablar calle, es acabar en consejos de administración como hace el PSOE. Y tampoco es considerar a los obreros analfabetos, es introducir la ideología con patatas socialistas, como el obrero alemán, no con la apisonadora dialéctica. Ya vendrá, más tarde; Roma no se construyó en un día, por mucho que la “Berdadera Hizquierda” esté aislada en su mundo de doctos camaradas.

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