Invisibles: Amina (Parte Dos)

Por Carmen Sereno @spicekarmelus


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527 días.

Es el tiempo que Amina pasó retenida contra su voluntad en los bosques de Sambissa, al nordeste de Nigeria.

Pero no estaba sola. Junto a Amina, había muchas más chicas.

La pesadilla había comenzado algo más de un año antes, la noche de un fatídico 14 de abril, cuando un grupo de hombres con el rostro cubierto irrumpió a punta de metralleta en el colegio femenino de Chibok en el que estudiaba Amina. Primero, masacraron a los guardias de seguridad. Después, se colaron en los dormitorios de las chicas y las cargaron por la fuerza en camiones que las llevarían a un destino incierto, en algún lugar de la selva. En ese momento, en la escuela había cerca de 300 chicas de varias aldeas cercanas.

Todas fueron secuestradas.

Cuando aquel hombre se la llevó, lo único en lo que pensó Amina fue en el examen que tenía al día siguiente.

Un examen al que nunca llegaría.

Tuvo miedo. Mucho miedo. Así que cerró los ojos.

57 de sus compañeras lograron escaparse poco después del secuestro. Saltaron de los camiones en marcha y se escondieron por los caminos. Pero Amina no corrió la misma suerte.

Acababa de amanecer cuando los camiones se detuvieron. Amina no sabía dónde estaban. Habían conducido toda la noche; podría ser cualquier lugar. Los hombres de rostro cubierto llevaron a las chicas a un barracón en mitad del bosque, donde las obligaron a cubrirse con un velo. Luego, un hombre armado hasta los dientes que hablaba más alto que los demás, se dirigió a ellas y les dijo que las niñas que van a la escuela cristiana no son más que putas y como putas deberán ser tratadas. Amina comprendió que aquel hombre era el líder.

Y también comprendió que lo único que podía esperar a partir de ese momento era el horror.

Algunos días después, sacaron a las niñas del barracón y las obligaron a colocarse delante de una cámara, formando una media luna. El líder habló. Dijo que se llamaba Abubakar Shekau y que estaba cumpliendo con la voluntad de Alá. «Las niñas no deben ir a la escuela, sino servir como esposas. Boko Haram las venderá a buenos musulmanes», sentenció. Amina se preguntó si era posible que Dios, o Alá, quisiera algo así.

Que los hombres la violaran constantemente.

Que la golpearan.

Que la encerraran en un barracón oscuro y hediondo, sin apenas comida ni agua.

A ella y a las 276 chicas que Boko Haram había secuestrado.

Y se dijo que no. Que no era posible. Y decidió seguir teniendo fe.

A pesar de que Amina fue de las primeras en quedarse embarazada, los abusos no cesaron. Ni siquiera sabía cuál de todos los milicianos sería el padre. Amina contó mentalmente cuántos de ellos la habrían forzado durante todo aquel tiempo.

Por lo menos 17, si los cálculos no le fallaban.

Algunas de sus compañeras, murieron en el parto. Otras fueron casadas a la fuerza.

Un día, mientras grababan otro vídeo con el líder Abubakar, hubo un bombardeo. Amina oyó decir a uno de los hombres de rostro cubierto que se trataba del Ejército de Nigeria. La confusión fue enorme. Había humo y fuego por todas partes. Las chicas corrían y los milicianos disparaban. Amina sólo temió por una cosa.

Lo único que la mantenía viva y con esperanza.

En un descuido de sus captores, Amina consiguió escaparse. Cogió a su bebé en brazos y corrió y corrió por el bosque hasta que se quedó sin aliento. Corrió sin mirar atrás, apretando al pequeño contra su pecho para protegerlo de la maleza.

Sobrevivió prácticamente sin comida cerca de 40 días. Cuando la encontraron, ella y su bebé estaban muy desnutridos. Pero habían sobrevivido, y eso era lo que importaba. Unos hombres buenos la llevaron de vuelta a su aldea, junto a su familia. Durante el trayecto, Amina no dejó de pensar en lo contentos que se pondrían sus padres con su llegada. Especialmente ahora que eran abuelos.

Sin embargo, no fue así.

Amina y su bebé fueron repudiados. «Vienes cargando un hijo en los brazos y no sabes de quién es. No tienes marido. Eres una deshonra para esta familia. Vete», fue lo que le dijo su padre. Su madre abrió la boca para decir algo, pero el hombre tironeó de su brazo para impedirlo. Después, dieron media vuelta y se marcharon.

Ni siquiera habían mirado a su bebé.

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