Internacional | Doña Florinda, la clase media y la chusma

Por Christian Orozco

La demonización de la clase trabajadora es un modo implacablemente racional de justificar un sistema irracional. Demoniza, ignora sus preocupaciones y racionaliza una distribución enormemente desigual de la riqueza y el poder como justo reflejo de la valía y capacidades personales.

Owen Jones

El Chavo del Ocho, programa cómico mexicano, comenzó su emisión televisiva en el año 1971. Roberto Gómez Bolaños, su genio creador, consagró su carrera produciendo una serie de culto que desbordó rápidamente su México natal, se difundió ampliamente por los países hispanoparlantes, y actualmente se puede visualizar en aproximadamente cincuenta idiomas diferentes, incluido el ruso, el árabe o el coreano.

La vecindad era el principal escenario del programa[1]. ¿Y que decir de sus icónicos personajes? Sus protagonistas representaban de forma magistral y esperpéntica los clichés más característicos de nuestras sociedades: por una parte, los parias y proletarios como El Chavo, Don Ramón o La Chilindrina; por otra parte, tenemos a Don Barriga, una tácita representación del capitalista rentista (y bonachón) y su hijo Ñoño…, y finalmente ¿Qué personajes importantes nos quedan? Naturalmente, nos faltan por nombrar a Doña Florinda y su tesoro Quico como le gustaba llamar a su hijo.

Doña Florinda representa de forma muy característica lo que el gran público conoce como la clase media. Una persona solvente venida a menos que acostumbra a llamar chusma a los vecinos que identifica con clases bajas; humilla y agrede con alevosía al más humilde: Don Ramón; consiente todas las travesuras a su engreído hijo Quico; y se siente más cercana a gente de bien y orden como el capitalista compasivo encarnado en el señor Barriga. A este característico comportamiento se le ha dado en llamar El Síndrome de Doña Florinda[2].

Dicho síndrome hace referencia a todas aquellas personas que consideran que han medrado en la escalera social –de la baja a la clase media– a través de lo que ellos asumen ha sido fruto de su propio esfuerzo individual, una actitud de emprendimiento alejado de la pereza que se asume propia de la clase baja, y una cierta dosis de arribismo social. Además, este síndrome lleva aparejado un desprecio desmesurado hacia todo aquello que considera a dejado detrás: la chusma. La chusma representa todo aquello que repudia, margina y desecha. La chusma representa todos los males de la sociedad porque ella encierra en sí misma todo lo que considera que ha superado: las fiestas populares de barrio, las comidas típicas del país de nombres impronunciables, el lenguaje desenfadado y contaminado por la jerga local… En definitiva, el aroma, el ruido y el sabor a pueblo que impregna toda vecindad.

Hace falta un pueblo convencido de que el único siguiente paso posible para avanzar es exigir y luchar por mayores conquistas democráticas, nunca retroceder

Los científicos sociales han identificado este fenómeno con todos aquellos grupos que se sienten perjudicados por la aplicación de políticas de izquierda relacionadas con: la redistribución de la riqueza, la fiscalidad progresiva, o la lucha contra la defraudación fiscal típica de los grupos sociales más pudientes, porque, aunque realmente forman parte de la clase trabajadora[3] consideran que estas políticas les perjudican porque sus aspiraciones vitales se identifican en mayor medida con las de las clases altas: prosperidad objetiva y pobreza subjetiva[4]. Una derechización de un sector de la clase obrera.

En el contexto del continente latinoamericano, no pocos han sido los académicos e intelectuales progresistas que nos advertían sobre el peligro que esto supone para la continuidad de los procesos transformadores emprendidos en los últimos años. La paradoja planteada es que, precisamente aquellos mismos grupos que han experimentado una mejora considerable de sus condiciones materiales de vida durante el proceso de reconstrucción nacional, son los mismos que ahora le dan la espalda y miran encandilados las propuestas de la vieja oligarquía derechista.

Sin embargo, y pese a lo que podría parecer, los datos[5] que se extraen, dibujan un panorama social más matizado, más propenso a generar esperanza entre todos aquellos que pensamos que éste no es el mejor de los mundos posibles. Pese a todo, la propia coyuntura latinoamericana actual nos advierte de que no es posible llevar a cabo un proceso de transformación social profundo solamente mejorando las condiciones materiales de la población vapuleada por el neoliberalismo en décadas anteriores, y no es posible, porque cuando los proceso se encuentran en sus horas bajas –especialmente en términos económicos– hace falta un pueblo convencido de que el único siguiente paso posible para avanzar es exigir y luchar por mayores conquistas democráticas, nunca retroceder.

El Che afirmaba que el hombre nuevo no es más que el hombre viejo en nuevas circunstancias[6], pues bien, no podemos olvidar que nuevas circunstancias no es un concepto limitado a lo económico, sino más bien un concepto amplio relacionado también con la política, la ideología y la cultura. Alterar lo material y conservar todo lo demás crea sus propios monstruos: antipáticas señoras Florindas que se olvidaron de dónde venían y se encuentran deslumbradas por el reluciente encanto de la burguesía.


[1] Actualmente se emite una serie llamada El Chavo animado basado en el popular programa mexicano.

[2] “El Síndrome de Doña Florinda” es un libro publicado en 2016 por el rioplatense Rafael Ton.

[3] Entendiendo como Marx que “la clase trabajadora es la que consigue sus medios de subsistencia exclusivamente a través de la venta de su trabajo”.

[4] Aguado, L, y Osorio, A (2006). Percepción subjetiva de los pobres: Una alternativa a la medición de la pobreza. Reflexión Política, vol. 8, núm. 15, junio, 2006, pp. 26-40, Bucaramanga.

[5] Sendos gráficos del artículo proceden de los informes anuales más actuales (2015 y 2016) realizados por el Latinobarómetro. http://www.latinobarometro.org/latContents.jsp

[6] Lenin afirmaba lo mismo de una forma menos poética pero más directa: “Para la Revolución se necesitan cambios cuantitativos y cualitativos”.

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