Vacuna frente al populismo | Fallo de sistema

Por Filosofía Perdida | Fotografía de María Dacal

A lo largo de los últimos años, aunque siempre estuvo presente, se ha venido detectando una alarma general contra los populismos, intentando frenar lo irremediable: cada vez que se pasa por situaciones de precariedad generalizada y dificultades colectivas, alguien se construye un discurso fácil y directo a un pueblo poco informado, arrastrándolo sobremanera sin que los errores que predica puedan ser rebatidos por la sensatez a quien forma parte de un rebaño guiado por tales populistas.

El populismo consiste en la búsqueda de atención de la masa popular a cualquier precio. Quizás es algo que podríamos detectar en todos los partidos que han optado al poder desde que tenemos democracia, al menos una cierta tendencia que les hace erigirse en salvadores de todo el mundo, o ser los únicos que entienden de un tema, despreciando a todos los contrarios, dando frases fáciles y, sobretodo, tomando por ignorantes a todos los que escuchan su discurso fácil.

Esta acusación, que de manera muy gratuita se ha estado lanzando sobre Podemos, se ha visto en las promesas de quienes nos han gobernado hasta ahora, tanto de un color como de otro, y utilizando el “y tú más” han acusado de todos los males al contrario, para llegar al poder y hacer lo mismo. Ciudadanos no se queda atrás, si bien tiene una construcción de discurso más elaborado, que vende como alternativo dos pasos por delante del liberalismo del PP como el contrato único o el IVA único. Sin embargo escribo este artículo porque más allá de grandes mentiras o medias verdades en campaña, se está detectando el surgimiento de un populismo con tintes diferentes. La clave que debe usarse para el populismo peligroso no es cuánto adaptan su discurso para ganar votos, sino cuánto se alejan de los derechos humanos las pretensiones de los populistas, aunque lo pretendan ocultar.

El populismo que nos amenaza, y al que empezamos a estar cada vez más expuestos, es un populismo de ultraderecha, que pretende implantar un sistema parecido al fascista y que, a pesar de todos los avances que hemos hecho, añora tiempos lejanos de terror, aunque lo oculta a los votantes. Esta ola que vemos en toda Europa, empezando por el avance del Frente Nacional, el partido Amanecer Dorado en Grecia, o la ultraderecha polaca ya en el poder, pasando por otros lugares como Bulgaria, Eslovenia o Hungría. Europa, setenta años después de la liberación de la barbarie, ha olvidado su historia y por momentos parece encaminada a repetirla.

Esta ultraderecha ataca diversos frentes, todos ellos son importantes en su lucha por ganar el poder para actuar contra todos. Al mismo tiempo, existen diversas actitudes que, sin duda, ayudan a ver cómo nos encontramos frente a ellos y prevenir a quien se deja arrastrar por ellos para que abra los ojos. Esta ultraderecha es la lucha del pueblo contra el poder que le es extraño, pero también contra los más débiles, del penúltimo contra el último; así crecen, en diversos países y contextos, pero con un mismo fin populista que pretende atacar derechos humanos apoyado por la gran masa, como ya ocurriese en Alemania, sea cual sea el chivo expiatorio de su causa.

En primer lugar, una referencia muy extendida es la aporofobia, miedo a los pobres e indigentes. El populismo no lleva a la aporofobia, sino más bien la reconduce, dando ayudas a los pobres que ellos quieren rescatar, pero atacando duramente a los que no son de “su clase”: se distribuyen alimentos solo para ciudadanos con una nacionalidad determinada, se ayuda a los empobrecidos a cambio de adhesión al partido o a la agrupación ultraderechista que los da, se pide apoyo y soporte a cambio de la ayuda contra un desahucio. Así, esta aporofobia es llevada a un nacionalismo, donde se termina culpando al extranjero o al que no piensa como el partido de ser culpable de los males de los demás. Al hablar de aporofobia me acuerdo de cierta marquesa que dijo en plena campaña que quitaría a los sin techo del centro de Madrid por las incomodidades que generaban, aunque hablaré luego de ello.

Otra referencia muy extendida es alejarse del estilo de político y acercarse a las clases populares desde la perspectiva de ganar su apoyo. En el populismo no se trata, como algunos pretenden decir, que agricultores, obreros o mineros encabecen listas al congreso, sino más bien que quien no tiene ninguno de los anteriores oficios se haga pasar por ellos para ganar el apoyo de agricultores, obreros y mineros. Acercarse, disfrazarse de personas normales, de la clase popular, es algo que siempre se hizo en política, todavía recuerdo a José Bono recogiendo una noche las basuras en Toledo. Es evidente que eso es populismo, pero el peligro más grave no es el populismo en sí, como decía, sino utilizarlo para llevar a cabo una política destructiva, camuflados de bien para el pueblo del que se quiere el apoyo. Recuerdo un ciudadano de Badalona que me comentaba cómo su anterior alcalde, paseaba por la calle por las noches, hablando con todos los barrios, hablando con él, un humilde obrero sin estudios que entonces estaba en paro, y se interesaba por todo lo que le preocupaba, pero hablaré más adelante de este caso.

El populismo ultraderechista, con ese característico odio del penúltimo frente al último, tiene especialmente en la xenofobia y el racismo su principal baza, inspirado siempre en un patriotismo que saca a relucir la bandera, que habla de ensoñaciones pretéritas y de imperios inexistentes y que invita a todos a formar parte de algo más grande. Algo que se desarrolla según el estado donde nos encontremos, de una manera diferente. Normalmente la xenofobia parte del rechazo a lo extranjero, aunque este rechazo difiere según se considere al estado de procedencia una nación rica o pobre. Principalmente Reino Unido tiene esta xenofobia hacia todo lo que no sea inglés, Francia a todo lo que no sea francés y Dinamarca a todo lo que no sea danés. Sin embargo, el populismo en otros países como el nuestro, no tienen inconvenientes en considerar como buenos los procedentes de países que estén al norte de nosotros, como también ocurre en Grecia.

En este sentido siempre me resultaron cómicas las anécdotas de neonazis de un país que iban a otro para manifestarse y recibían una paliza por los neonazis de ese país. Los neonazis peruanos eran despreciados por los chilenos, los chilenos eran despreciados por los argentinos, los neonazis argentinos eran considerados inferiores por los españoles, que cuando iban a Alemania podían recibir una paliza porque allí ellos son considerados inferiores por sus “afines ideológicos”. El problema es que en nuestro mundo se están produciendo grandes migraciones por pobreza, guerra y supervivencia, y mientras los derechos humanos nos obligan a ayudar a quien se encuentra en esta situación tan grave, el populismo pretende anteponer la economía a los derechos humanos, la situación de un país a la global, el bienestar de los conciudadanos antes que la supervivencia de los extranjeros. Amparados por dos noticias negativas aisladas, demasiado sospechosas como para ser aceptadas sin contrastarlas, se construye un discurso contra refugiados e inmigrantes, con una poderosa islamofobia que recuerda al antisemitismo de los años 30. En nuestro propio país el gobierno que hablaba de la recuperación económica (que nadie veía salvo ellos y sus amigos que se están enriqueciendo a nuestra costa), pasaban a hablar de paro y economía en mal estado cuando se les pedía que aceptaran una cuota de solidaridad para ser por primera vez en cuatro años algo humanitarios, aunque hablaré de ello más adelante.

El populismo elabora siempre un discurso fácil y sencillo sobre toda la política que no es la suya, y se permite atacar al marxismo sin aceptar siquiera algo bueno de una filosofía que ha aportado tanto al pensamiento y la realidad hasta nuestros días. Es más sencillo tachar a todo pensamiento constructivo como caduco, decir que traes la solución a todos los males del mundo y que quien se opone es porque es malo; auténtico populismo simplista que lejos de buscar un bien en la sociedad, pretende un poder que no merece y al que llega por la criminalización de todo lo que no coincide con su pensamiento. Recientemente escuché a Pablo Casado decir que el comunismo era malísimo porque acabaría con el estado del bienestar, algo que lleva haciendo el PP años, dilapidando el fondo de reserva de la seguridad social, o privatizando bienes públicos, aunque hablaré más adelante de ello.

El problema del populismo consiste en la facilidad de ser escuchado y aplaudido, pero la dificultad de rebatirlo a quien lo acepta. Mientras Podemos tuvo un programa mirado con lupa, y tuvo que presentar su programa económico demostrando que podría llevarlo a cabo (todavía hoy hay quien dice que es irrealizable), mientras UP tiene de cabeza de lista a un economista que avala todo el trabajo que se ha llevado a cabo para salir de la situación actual, tenemos a populistas que a base de discurso fácil ganan a un pueblo que necesita soluciones realistas y positivas, en lugar de enfrentamiento y división mientras se pretenden acabar con los derechos humanos.

Y acá viene los que muchos aún no han visto, en España más que un grupo poderoso de ultraderecha, tenemos una ultraderecha fragmentada. Si la memoria no me falla, conozco más de seis marcas distintas de falange yendo por separado a unas elecciones, sin contar además diversos partidos que también concurren con una ideología similar, unos más racistas que otros, unos haciendo más gala de patriotismo, otros más centrados en la islamofobia… cada cual peinando un terreno diferente, se encuentran tan divididos que el único que tiene posibilidades de obtener representación estatal es VOX, aunque todavía no la ha obtenido.

Fue Esperanza Aguirre quien dijo en las pasadas elecciones municipales, que deseaba la vuelta de muchos que estaban en VOX al PP, y es que, como decía, ya sea en islamofobia, aporofobia, antimarxismo, patriotismo o hasta rechazo de los derechos humanos, el PP no tiene el populismo como su objetivo final, pero sí lo utiliza como banco de votos de quienes, hipnotizados por el discurso populista, acaban votando al más próximo a su pensamiento, con el miedo de que salgan los otros. El PP, al mismo tiempo, no duda en acercarse a posiciones intermedias, entre la ultraderecha y el liberalismo, sin condenar el franquismo para no perder a esos votantes, sin aclarar su posición en muchos aspectos, y aceptando un discurso que, como bien le enseñó Jordi Evole a Fernández Díaz, termina siendo calcado al de Le Pen, aunque el PP se sitúe de cara a la economía partidario de la oligarquía, el europeísmo y el liberalismo.

Mucha gente me ha dicho, desde que muestro la peligrosa proximidad del PP y el populismo de ultraderecha, que más vale un PP con eventuales tintes populistas, pero con corazón liberal-conservador, a tener un partido directamente filofascista. Yo creo que el problema es el contrario: bajo la capa liberal-conservadora y un discurso moderado, el PP encierra un antimarxismo a un populismo que, si bien es más peligroso en otras organizaciones que pueden emerger, como está ocurriendo en otras partes de Europa, no es inofensivo en el partido de la gaviota y los sobres; y por ello hay que vacunarse con cultura, y prevenir de ello a los votantes que pueden otorgarles el poder.

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