Cómo evitar que se rompa España

Por Filosofía Perdida @Filopolitics


Desde que Podemos ha irrumpido en la actualidad política, se ha escuchado diversas acusaciones a la formación y a su presencia en las instituciones, por parte de personas tan respetables como Esperanza Aguirre, la cazatalentos que se entera de que sus compañeros más íntimos son corruptos un día después de su imputación, hasta Rubalcaba, que tiene para ellos palabras más amargas de las que nunca se le escucharon contra la banda terrorista GAL. Es curioso cómo ha podido unirse el bipartidismo que antaño se consideraba enemigo, para atacar al partido que viene con la amenaza de quitarles sus incontables privilegios, y así como no podían verse las dos caras de la misma moneda, hoy parecen el águila bicéfala del escudo imperial de Carlos V custodiando la bandera en la que pretenden sobresalir sobre un pueblo que los eligió aún a costa del bienestar que nunca debió perder.

Mientras el PP destruía los discos duros, pruebas necesarias para la investigación sobre su caja B, o Pedro Sánchez prometía y prometía que expulsaría del PSOE a Chávez y Griñán (algo que, cielos, aún no ha ocurrido), entre la eterna música de Irán y Venezuela (sí, esos países a los que el PP vende armas, firma tratados comerciales y se abraza en ocasiones), llegó la clave de que Podemos quería romper España, y con ello empezó a golpear todo el aparato mediático que protege a la casta y ataca a quien osa cuestionar lo que hace un aparato al servicio de los mercados. Por lo visto, romper España es preguntar a su pueblo en qué marco se sentirán más cómodos, es escuchar a los nacionalistas, como hiciera González en 1993 o Aznar en 1996 formando gobierno gracias a ellos, para intentar alcanzar un marco de convivencia dentro del mismo país.

A todas luces, hay cosas inmutables y cosas que podemos cambiar, hay asuntos que son vitales, asuntos importantes y asuntos que no deben requerir atención; el problema es comprender las diversas realidades para poder darles un cambio o no, y saber su importancia. El patriotismo puede ser un sentimiento más o menos noble, pero poco sentido tiene presumir de nacer en un sitio determinado, si no puedes hacer nada por cambiarlo; sin embargo, con mucha facilidad el pueblo se deja atrapar por el patriotismo, y siguiendo una bandera aprueba lo que digan los políticos que ocultan los intereses que sean debajo de la enseña. Deberíamos saber todos diferenciar entre nación (algo difuso y sentimental más ligado a la identificación como pueblo), de estado (institución legal), y aprender a convivir en un mismo estado diversas naciones, sin excluir a nadie ni imponerle unos sentimientos que no comparte, pero también reconociendo que es algo trivial si lo comparamos con la política necesaria para acabar con el hambre o los desahucios.

Desde que Franco inventase aquello de “UNA, GRANDE y LIBRE” para el escudo que estuvo en la bandera bicolor del estado desde 1939 hasta que en 1981 un exministro franquista sugiriese que era mejor cambiarla un poco para que pareciese que el régimen era diferente, la unidad española ha sido un permanente mantra en política estatal. Bajo esta unidad Franco ha legitimado su régimen fascista y la caverna mediática sigue haciéndolo, bajo esta unidad cabe cualquier tipo de política que se haga ondeando una bandera o agitando la constitución para leer su artículo 1 a gritos, aunque sea para volverse analfabeto al llegar a otros como el 47, que habla del derecho a la vivienda. Es esta unidad del país la que ha llevado a imponer, por parte del nacionalismo español, un modelo cultural y social que detesta un país políglota, pretende despreciar la descentralización, atacar a las culturas que no coinciden con la castellana, y que pretende silenciar a los pueblos, porque prefiere borregos a los que no consultar, no escuchar y poder atacar sin que se quejen demasiado.

Recientemente escuché a de Guindos hablando precisamente de la importancia de mantener las reformas hechas por el PP para tener contentos a los mercados y que vengan en pandilla a hacer negocio en nuestro país, porque les costará poco enriquecerse. No sorprende que quien pertenece a una escuela económica que aboga por acabar con cualquier control del estado diga todo esto, lo que sorprende es que esta gente que aboga por privatizaciones, destrucción de derechos laborales y sociales y fin del estado de derecho y de la clase media, le den tanta importancia a la figura del estado-nación y, como ya hiciera el Tea Party en Estados Unidos, se envuelvan tanto en la bandera de un estado al que están arruinando y pretenden reducir a una mínima expresión más allá de bandera, jefe de estado, himno y escudo. Frente a todo esto, la gran amenaza vienen a señalarla en los partidos que van a destruir “la unidad de España”, y con una especie de mantra del miedo, a todos los que celebrasen el mundial de fútbol de 2010 les pretenden aterrorizar con que no volverán a ver una selección española si gobiernan esos peligrosos jóvenes preparados que quieren devolverles derechos, acabar con la desigualdad, frenar desahucios o quitarle privilegios a la clase política.

El patriotismo mueve los impulsos que no mueven los derechos, como se ve en las concentraciones que se hacen ante triunfos deportivos, pero no se ven contra los mismos deportistas cuando evaden los impuestos que tenemos que pagar los demás mientras ellos tienen dinero de sobra; por eso mismo, se puede paralizar un país entero por el triunfo de un mundial en cualquier tipo de deporte (preferiblemente fútbol), pero no salió nadie a la calle cuando en el verano de 2012 Mariano Rajoy anunció una batería de recortes como había prometido que jamás haría, con los que se nos minaba el presente y el futuro, que se ha revelado hasta hoy desolador, mientras una hija del actualmente encarcelado Carlos Fabra gritaba “que se jodan” a los parados mientras se anunciaba la reducción temporal de su escasa prestación por desempleo “para incentivarles a buscar trabajo”.

Escuchar al nacionalismo periférico da menos votos que la bandera del país, y de paso, requiere el esfuerzo de escuchar a los demás y culturizarse, algo no siempre fácil. Mientras tanto, Podemos -que sin ser el primero sí es el que lo ha hecho de manera más sonora- se puede presentar como una amenaza porque desea que los catalanes hablen sobre su ubicación en el estado, expresen cómo se sienten y se busque una fórmula de consenso con ellos. Por lo visto consultar al pueblo es acabar con la democracia. Mientras tanto, el pueblo sigue empobrecido, pasa hambre por falta de trabajo y frío porque no puede pagar suministros, pero la actualidad política se centra en un ataque visceral a Podemos por cómo quiere afrontar la territorialidad del país.

¿Qué es España? Quizás, más allá de la realidad metafísica que han querido plantear diversos trasnochados que pretenden revivir el imperio español que invadió América, España no sea más que un país, como otro cualquiera, donde vive gente que merece dignidad y respeto a sus derechos. Más allá de las ensoñaciones de Primo de Rivera que siempre encontraremos en el PP y últimamente veo en Ciudadanos, España es un país con gente diversa, que, se sientan más o menos españoles, o incluso se sientan solo catalanes o solo euskaldunes o solo galegos, merecen comer todos los días, merecen un trabajo digno y bien remunerado, merecen una sanidad de calidad y más si pagan con los impuestos mientras quien nos gobierna tiene financiación en B y cuentas en Suiza. Tal vez España sea un nombre con el que se han cometido abusos y atropellos, asesinatos y robos, pero desde luego lo que urge para este país no es que suene más o menos un himno, sino que no se oiga el llanto de ese tercio de población infantil que vive por debajo del umbral de la pobreza; lo que urge para este país no es que en la plaza Colón de Madrid la bandera sea de uno o de dos kilómetros cuadrados, sino que en los contenedores de esa plaza nadie se vea en la necesidad de buscar comida.

Comentaba con un historiador cómo surgió y se desarrolló el nacionalismo, y coincidíamos en señalar cómo en el XIX se creó de manera más evidente un estado-
nación europeo que perdura hasta hoy como sentimiento de pertenencia, o ente al que aspirar. Puede que por ello yo lo considero anacrónico y vacío ese concepto, y cuando me hablan de la unidad de España o su indisolubilidad, yo creo que la mejor unión consiste en que no estemos partidos sus habitantes en dos: los que tienen la vida resuelta y la inmensa mayoría que la tenemos cada día más imposible económica y socialmente.

Esto sería lo que habría que hacer para evitar que se rompa España: pactar contra la pobreza, luchar contra los recortes que nos han arruinado, devolver a la gente su dignidad y sus derechos, acabar con desahucios y abandonar políticas que conduzcan a la desigualdad o la afiancen. Todo lo demás podrá despertar muchas pasiones, pero solo destrozará y dividirá más a un país que aún no ha salido de la estafa a la que llamaron crisis hace casi una década.

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