Economía | ¿Robots contra trabajadores? Mito y realidad.

Por Jaime Nieto

Desde que el rey de la ciencia ficción, Asimov, publicara en 1950 “Yo, robot” y su saga sobre robots que finalizaría en los 80, la robotización se ha erigido como una de las mitologías modernas más potentes. Ya antes, en los albores de la civilización industrial, la mecanización de la producción fue vista como una amenaza para la clase artesanal existente, que temía que las máquinas hicieran innecesaria la fuerza de trabajo humana. El ludismo surgió como reacción al industrialismo y a la mecanización y consistía, básicamente, en destruir maquinaria para que esta no pudiera hacer efectiva su amenaza sobre el empleo.

La última ola de pánico a la robotización la estamos viviendo en los últimos años. El baile de cifras es demencial y, por cada artículo que señala el desastre para el empleo que supondrá la robotización, hay al menos otro que defiende justo lo contrario. La psicosis es tal que se leen y escuchan todo tipo de soluciones como hacer cotizar a los robots o, incluso, las élites coquetean con la renta básica para paliar la destrucción de empleo. Las organizaciones sindicales, mientras tanto, completamente desorientadas aunque con la mejor de las intenciones, advierten a patronal y gobiernos sobre la destrucción masiva de empleo en España y en el mundo. ¿Debemos estar preocupados/as?

Como siempre, hay que estar alerta a los cambios que suceden en la realidad que nos rodea para darles respuesta, en especial desde las capas sociales más vulnerables. No obstante, para afrontar estos retos, conviene no errar el tiro y localizar correctamente los peligros. En 1986, Asimov publicaba “Sueños de robot” mientras Wassily Leontief hacía lo propio con “El futuro de la automatización en los trabajadores”. En su obra, utilizando la metodología que le valió el Nobel de Economía en 1973, analizaba los efectos en el empleo de la introducción de los robots y las tecnologías de la información en el proceso productivo. Sintetizando, el brillante economista encontraba (junto con Faye Duchin) que el empleo, más que sufrir un cataclismo, sufriría una reconversión industrial. Es decir, se destruirían empleos en unos sectores, se crearían en otros y, en general, la economía de EE.UU. crecería con menos vigor que en el escenario base (en el que no se producía cambio tecnológico).

En caso de que se diera una fuerte reestructuración industrial y laboral debida a la robotización, probablemente deberíamos prepararnos para un futuro en el que los salarios perderán peso en la economía en favor del capital

Hay que decir, de antemano, que estos cuentos tecnooptimistas no suelen ser más que un artefacto de propaganda para legitimar diferentes regímenes socioeconómicos. La publicación de Los límites del crecimiento (LdC), coordinado por el matrimonio Meadows, sirvió de advertencia al mundo entero de los límites biofísicos (población, contaminación, recursos, etc.) del crecimiento económico. Aunque más de 40 años después las estimaciones de LdC se están cumpliendo con una inquietante precisión, en su momento fue criticado sin piedad por la práctica totalidad del mundo académico convencional y la opinión pública (o, dicho de otro modo, los medios de comunicación). Decían, entre otras cosas, que el progreso tecnológico traería consigo un crecimiento desmaterializado. Por ejemplo, las tecnologías de la información harían innecesaria la utilización de papel en las oficinas, pues todo quedaría registrado informáticamente. La realidad es que el consumo de papel ha crecido sin interrupción, pero ahora, además, también consumimos los materiales y energía necesarios para mantener los equipos informáticos. Volviendo a los robots, como parte de la legitimación tecnológica de la Unión Soviética, aquí podemos ver cómo en los años 50 los robots parecían estar poco menos que a un paso de inundar la vida cotidiana.

¿Qué debe preocuparnos, por lo tanto? En caso de que se diera una fuerte reestructuración industrial y laboral debida a la robotización, probablemente deberíamos prepararnos para un futuro en el que los salarios perderán (aún más) peso en la economía en favor del capital, que aumentaría su concentración (tendente a la formación de oligopolios), con un mayor grado de deslocalización empresarial y un empleo más individualizado y precario. Por otra parte, si la robotización trajera consigo una gran reducción en el empleo, la propuesta que hacen las élites de una renta básica suena más a futuro distópico que a conquista social. Una economía hipertecnológica, con tendencia a una mayor desigualdad por lo antes apuntado y una gran masa de personas desempleadas sobreviviendo con una renta de subsistencia no se parece en nada a lo que habíamos imaginado. Debe preocuparnos también la presión que sobre los recursos y la energía tendría un proceso como este. Ya es bastante improbable que haya litio barato suficiente en el mundo como para sustituir el parque automovilístico mundial por otro eléctrico, por lo que sumar las baterías de los robots a la ecuación posiblemente nos enfrentaría, cuanto menos, a elegir entre ambas tecnologías.

Por cada artículo que señala el desastre para el empleo que supondrá la robotización, hay al menos otro que defiende justo lo contrario

Es fundamental no dar este proceso tecnológico como inevitable y, reivindicando la democracia económica, ensanchar el debate político a las decisiones de qué, cuánto y cómo se produce. ¿Es la robotización social, económica y ambientalmente deseable? Es importante también no sucumbir a los “cantos de sirena” en lo relativo a la renta básica, señalando que esta solo tiene sentido en el marco de un proceso que apueste por la redistribución y la igualdad (también Norte-Sur), así como de una reducción de la presión sobre los recursos y la energía. Conviene, para finalizar, identificar el papel legitimador del relato que señala a los robots como principal amenaza para el empleo. Desde luego, esta narración es mucho más cómoda para las élites que reconocer que la crisis económica, social y ecológica continuará imparable si no comenzamos ya un proceso en el que sus privilegios estarían en serio peligro. No dejemos que nos distraigan con cuentos de ciencia ficción y, en el mejor de los casos, dejemos que no sean los mediocres, sino los genios como Asimov, lo que nos guíen. Y así, recordar la primera ley de la robótica: “Un robot no hará daño a un ser humano o, por inacción, permitir que un ser humano sufra daño”.

 

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