Economía política para una fase de contradicciones y polarización socioeconómica

Por Daniel Albarracín

  1. La recuperación de la crisis capitalista.

La política del gobierno del PP se ha caracterizado por una gestión que, sin abandonar su política de protección a las grandes corporaciones financieras y energéticas, principalmente, se ha caracterizado por la inacción por lo que no ha acentuado las políticas de ajuste, en un ciclo político convulso en el que una parte significativa de la población ha reaccionado contra las consecuencias de las políticas neoliberales y necesitaba sostenerse electoralmente. Para interpretar la coyuntura tenemos que ir más allá de la gestión del gobierno e indagar en la dinámica subyacente.

La rentabilidad efectiva, tras desplomarse en el periodo recesivo, se ha recuperado tímidamente, apoyándose principalmente en el drástico abaratamiento de los costes financieros. Entretanto, la actividad se reactivaba en la industria, el comercio y la hostelería, por factores fundamentalmente exógenos, sea bien el tirón de la exportación de los bienes industriales auxiliares que se realiza a los países centrales, sea bien por un impulso circunstancial, pero fortísimo, del turismo, beneficiándose del carácter de “destino seguro” del territorio ibérico en un contexto de conflictos internacionales creciente.

Le ha venido francamente bien al PP el que la economía española entrase en 2014 en un ciclo de recuperación temporal creciendo por encima del 3%, por encima del entorno europeo. Las corporaciones españolas se han beneficiado del fuerte ajuste empresarial, salarial y público sucedido en el periodo de “gran recesión”, algo que también se ha reflejado en otros países semiperiféricos europeos, dejando más margen a las empresas supervivientes, especialmente de medio y gran tamaño.

Fuente: Elaboración propia a partir de Contabilidad Nacional Trimestral de España. INE

La recuperación comenzó en 2014, ya superó su momento álgido y el nivel del PIB aún no ha alcanzado el nivel de producción absoluto de 2008. Sólo cabe esperar un crecimiento débil de ahora en adelante. Al darse por razones endógenas, sin modificarse el modelo socioproductivo, difícilmente se evitará una nueva recesión en pocos años. Algo que se adelantaría si se dan escenarios de crisis bancaria, crecimiento de tipos de interés, encarecimiento del euro, o el aumento del precio de las materias primas. O de una crisis internacional, política, institucional o diplomática, que se tradujese en una retracción de la dinámica comercial, pendiente de un hilo de la situación económica china, la política de Trump, los resultados de la negociación del Brexit o nuevas conmociones políticas en Europa o Rusia, o, quizá bélicas, en Corea del Norte, Oriente Próximo o Venezuela.

Mientras tanto, la cuestión social y el conflicto entre capital y trabajo, muestran brotes de conflictividad de nuevo, si bien fragmentarios y escasamente organizados o con pretensión de movilización general escasamente politizada. Aún con todo, el avance del capital sobre el mundo del trabajo y sus condiciones laborales está lejos de restaurar a niveles suficientes las bases para una acumulación vigorosa. Cualquier avance en la rentabilidad del capital supondrá una ofensiva contra las condiciones de vida de las mayorías productivas, y por esta razón cabe esperar un nuevo ciclo de agresiones laborales, sociales y económicas. Ese ciclo quizá esté necesitado de relegitimación –que podría basarse en dar respuesta parcial a aspiraciones locales, corporativas o sectoriales, buscando nuevos enemigos internos o exteriores, creando nuevas divisiones sociales- para poder ser aceptado por una parte de las clases populares mediante una “revolución pasiva”. Por el momento, cabe decir que la presencia de fuerzas políticas de cambio en el Estado español, está sirviendo de dique de contención, aun cuando, es preciso señalarlo, las tareas de organización social y política en el espacio del mundo del trabajo han sido muy difusas, sino inexistentes. Mientras tanto, nuevos conflictos laborales en sectores precarizados se han ido expresando y extendiendo. Resta ahora la tarea de unificarlos, articularlos y darles perspectivas sindical y sociopolítica.

  1. Los fundamentos económicos de la metamorfosis capitalista y lo que está en juego.

El capitalismo sigue su largo y tenso tránsito hacia su metamorfosis, en la que las crisis climática, energética y geoestratégica están desempeñando un papel central. Los factores endógenos del sistema también desempeñan un papel nítido, como se reflejan en las dificultades para la recuperación de la tasa de beneficio. El conflicto social y laboral se expresa de manera fragmentaria a nivel internacional y a veces con un carácter sectorial, en defensa de los servicios públicos y derechos sociales, o territorial. A la crisis objetiva se le suma una crisis de subjetividad antagonista que, sin embargo, no impide la formación de sujetos e iniciativas políticas en determinados países con una audiencia de masas cada vez más significativa e influyente.

Si nos centramos en los factores endógenos, en los que sin duda influye la política económica también, para la economía española, observamos una clara tendencia a la caída de la tasa de rentabilidad empresarial. Sin embargo, la variable que sigue el sector privado es la tasa de beneficio efectiva, que consiste en los resultados económicos obtenidos tras descontar los costes financieros de las operaciones e inversiones realizadas. La inaudita política monetaria expansiva del BCE, y otros bancos centrales, han abaratado, sobre todo para las grandes empresas, los tipos de interés y los costes de financiación, permitiendo una recuperación hasta 2007 que, sin embargo, no ha permitido evitar el descenso del tipo de beneficio efectivo, y que apenas ha sostenido su nivel en estos últimos años de postcrisis. Ni que decir tiene que el nivel de tipo de beneficio efectivo actual es sencillamente minúsculo para poder reactivar la acumulación a niveles sostenidos.

Fuente: Elaboración propia a partir de la Central de Balances del Banco de España.

Fuente: Elaboración propia a partir de la Central de Balances del Banco de España.

Cabe afirmar que sólo dos fenómenos podrían facilitarlo: una amplía destrucción de capital –algo que sólo se produjo en los años 30, y que ahora todas los grupos capitalistas procuran evitar, a costa de inducir una política de socialización de deudas y pérdidas-; o una elevación de la tasa de explotación del mundo del trabajo en profundidad, algo que, a pesar de los avances, aún está lejos de alcanzarse. Mucho nos tememos que el segundo escenario ya se ha iniciado. Pero no podemos descartar que fenómenos de crisis financiera y bancaria global –no inmediata, pero si en los próximos años- o de disputa geoestratégica, con una reconfiguración de bloques internacional, desencadenasen una lucha intercapitalista con efectos en el primer factor. Pero por el momento, las clases capitalistas transnacionales siguen su vieja lógica de “rivalidad entre hermanos”, para ponerse al final de acuerdo en depositar toda la carga en los y las de abajo.

A este respecto, la inversión, otro de los “fundamentales” de la economía, es tanto motor de la producción, como elemento que se ve, parcialmente, animado por dicha tasa de beneficio efectivo[1].

Fuente: Elaboración propia a partir del Banco de España.

Cabe referirse a que el capitalismo tardío financiarizado contemporáneo está sujeto por nuevas contradicciones. Las políticas monetarias expansivas proempresariales y la regulación flexible del sistema bancario moderno han incrementado los niveles de deuda hasta niveles desconocidos, estableciendo un nuevo obstáculo para el vigor de la economía capitalista. Lo que en su momento permitió un estímulo a las inversiones y el consumo[2], dadas las facilidades financieras, desde 2008 representa un lastre patrimonial y una carga para las mismas.

La ampliación de la deuda privada, especialmente de las empresas financieras e industriales, se extendió hasta 2010, en su punto más alto. Desde entonces, hemos asistido a un proceso de desendeudamiento privado. Las ratios de la deuda sobre el PIB de las familias y de las empresas españolas se han reducido desde mediados de 2010, cuando alcanzaron su punto más alto. Estas ratios han pasado del 84 al 64% y del 107% al 83% del PIB en 2016, respectivamente, hasta diciembre de 2016. Este proceso de desendeudamiento viene acompañado de un crecimiento de la deuda pública, que viene dado por una política económica, fiscal, de gasto y monetaria, que carga a lo público y el grueso de los contribuyentes reales (los y las trabajadoras) los costes de la crisis. Con una deuda pública de apenas el 37% del PIB en 2007, en 2014 se llega a un 100%. En 2016, La deuda pública española se encuentra en torno al 99,4%, si admitimos el cómputo del Banco de España para 2016, fruto, principalmente, del crecimiento económico de la recuperación reciente y la consiguiente moderación relativa del déficit público al 4,5% del PIB.

A pesar del significativo desendeudamiento, la carga de la deuda en la economía española, al igual que en muchas otras economías, es aún enorme. Jugará un papel central en un periodo adverso, al acentuar la recesión que está por venir, al igual que ha hipotecado el impulso de esta recuperación. Concentrará la tensión política en torno a ella, puesto que las clases dominantes están haciendo políticamente lo posible por socializar esa deuda entre las clases populares, convirtiendo la privada en pública mediante diferentes operaciones económicas, primero a nivel nacional –política fiscal y de gasto- y, a continuación, a escala europea (y lo que podría representar un futuro Fondo Monetario Europeo).

Por último, cabe referirse a que los tipos de interés, nulos en términos nominales y negativos en los reales, se encuentran en mínimos insuperables, y los procesos de adquisición de deuda corporativa suponen el último estadio de dicha conversión de deuda privada en pública, por la vía de la política monetaria, complementando a la fiscal hasta ahora realizada. En un contexto en el que la Reserva Federal cambia la tendencia, con tipos superiores, y con un relativo crecimiento, todo apunta a un escenario de ascenso que, para economías como la española y especialmente sus sectores más endeudados en términos de su patrimonio, constituirían un duro golpe.

La crisis de solvencia del sistema bancario fue uno de los desencadenantes de la Gran recesión. Desde entonces se han desarrollado fabulosas operaciones de rescate público, fortísimos procesos de quiebra y concentración bancaria o procesos tan importantes que condujeron a una veloz bancarización de la mitad del sistema financiero, entregando las cajas de ahorros, con ayuda pública, a la gran banca española.

Recientemente a escala europea hemos visto todavía las consecuencias no resueltas de la crisis anterior, en Italia o Alemania. En el Estado español, con el caso Banco Popular, se ha conjugado una política de favores a grandes inversores internacionales (Blackrock), de rescate indirecto del Banco Santander, y una derivación de la crisis a pequeños ahorradores y trabajadores bancarios. En términos generales, las políticas para tratar la cuestión bancaria han supuesto un enorme coste social en términos de retrocesos en los servicios públicos y los derechos sociales, aparte de la inestabilidad financiera y la ruina de muchos pequeños ahorradores.

Aunque el periodo de pérdidas se ha dejado atrás y el nivel de solvencia se ha aliviado[3] para una parte de las entidades de crédito supervivientes, los márgenes de intermediación unitario son reducidos, en un contexto de actividad limitado y persistencia de activos tóxicos, haciendo que la rentabilidad sobre fondos propios esté en el 4,3% en 2016, un indicador inferior en 1,3 puntos al de 2015. De esta manera, puede decirse que un pilar vulnerable de la economía capitalista es su estructura financiera, más aún cuando la mayor parte de las políticas públicas se han puesto al servicio de su estabilización, lo que está dando un carácter de régimen político-estatal energético financiarizado[4] al poder establecido. Este entramado, aún en formación, se está europeizando, y las élites financieras y políticas de la UE están tratando de ensayar, mediante la Unión Bancaria y la posible configuración de un Fondo Monetario Europeo, un mecanismo de protección privilegiada de la gran banca europea que sentará las bases de las futuras alianzas de la burguesía del continente.

La crisis ecológica, climática y energética sacudirá las sociedades humanas y sus economías, comenzando por elevar los precios de las materias primas. Sin embargo, aunque la escasez en muchas otras materias se constata, en los últimos tres años se ha observado un cambio fortísimo en la oferta de petróleo, que ha desembocado en una caída e inestabilidad acentuada de los precios del crudo. Entre mediados de 2014 y enero de 2016 el precio del barril de Brent cayó desde los 112 dólares hasta alcanzar un mínimo de 28 dólares, fruto, principalmente de dos fenómenos: el crecimiento de oferta de petróleo no convencional estadounidense, especialmente mediante fractura hidráulica, multiplicando su extracción por 4 desde 2010, y la caída de la demanda general.  A partir de febrero de 2016 se produjo una paulatina recuperación del precio del crudo, que se intensificó con los acuerdos alcanzados por la OPEP y otros países productores para recortar la producción. El barril de Brent llegó a cotizar a 57 dólares a finales de 2016. La prolongación de la producción de petróleo no convencional en Estados Unidos ha presionado de nuevo a la baja sobre los precios y, ya en Agosto de 2017, el barril de Brent vuelve a cotizar en el entorno de los 50 dólares. Ahora bien, se estima que los inventarios a explotar rentablemente mediante fracking tienen los años contados (en torno a 4), algo que políticamente deberemos tener muy en cuenta.

En cualquier caso, un factor decisivo para el curso de la acumulación no es otra que la conformación de la tasa de explotación, que puede aproximarse por la inversa del peso de la remuneración de asalariados en la economía.

Fuente: Elaboración propia a partir de INE-Contabilidad Nacional Trimestral.

Se ha producido un ajuste salarial que se ha traducido en una caída del peso del fondo de salarios en el PIB, su estabilización tras 2013 responde al aumento del empleo (1,4 millones más entre 2014 y 2017) y caída del paro (17,7%, favorecido por la población que ha emigrado o que se ha desanimado a encontrar empleo), creado en condiciones desprotegidas (mayor facilidad de despido barato y más de la mitad sin cobertura de convenio) y precarias (26,8% de temporalidad), con mayores niveles de inestabilidad y altos niveles de empleos a tiempo parcial (16,5%). La remuneración media por asalariado se ha mantenido en el periodo de recuperación[5], y sólo ganó pocas décimas de poder adquisitivo por la caída de precios de los últimos años en la economía española, algo que no impidió el crecimiento de la pobreza incluso entre las personas que están empleadas (13,1% en 2015) y donde persiste una fuerte diferencia salarial en detrimento de las mujeres.

El crecimiento de salarios pactados, entre el 1 y 1,5% para 2017, van a verse rebasados en 2017 por el IPC (ahora en el 1,6%), que podría situarse en torno al 2% a final de año. Los sindicatos han mostrado su interés en una mayor recuperación salarial. Está por ver si esta reivindicación se traduce en movilizaciones, algo que la relativa recuperación podría permitir. Algo que sería imprescindible para doblarle el pulso al poder económico, si se realiza con perspectiva política, en el lugar donde más le puede doler, el mundo del trabajo, cuyas reglas son las causantes de un chantaje generalizado a la mayor parte de la población y que la somete a una situación de dominación y explotación.

  1. Perspectivas políticas para otra economía y otra sociedad.

Se abre un ciclo político en el que seguir cuestionando el modo de vida existente,  las relaciones que mantiene la sociedad con nuestro entorno natural, cómo disponemos de nuestro tiempo y cómo tomamos nuestras decisiones colectivas, resultan cruciales. No podemos apelar al miserabilismo, sino interpelar a la reflexión, la autoorganización y la propuesta superadora. No es cierto aquello de que “cuanto peor mejor”, más bien al contrario. La autoorganización popular resulta más consistente cuando la respuesta dada no es fruto de la desesperación sino del debate y crítica colectivos, la perspectiva y experiencia práctica y alternativa que se pueden derivar de ello. Esto es, del noble arte de la política bien entendida. No es cierto que cuanto “más recuperación” la gente se contenta más, porque esa recuperación es la de los beneficios y privilegios de unos pocos contra la vida, la bioesfera y el trabajo socialmente útil.

Debemos abordar la cuestión de la centralidad del tablero político entendiendo que este se dibuja en un mapa irregular, donde los polos gravitatorios se separan de su centro. Un mapa que hay que habitar dando respuesta a las aspiraciones políticas emancipatorias y democráticas de la mayoría social, de las clases trabajadoras, abordando las causas de los problemas de las mayorías trabajadoras. Esto es, yendo a la raíz de los mismos, organizando las respuestas alternativas prácticas.

Eso supone cuestionar la arquitectura institucional de la UE; las políticas de austeridad social y rescate permanente del sistema bancario que, combinadas, conducen a una conversión de la deuda privada en pública; implica abordar la cuestión de los sectores estratégicos que debieran reservarse al ámbito público para darles una orientación democrática, social y sostenible ecológicamente; abrir las puertas a la democracia en el espacio del trabajo, para garantizar el derecho a una vida y un empleo digno, estable y mejor pagado, con la reducción y reparto del tiempo de trabajo y el protagonismo de los y las trabajadoras en la producción (y en la reproducción de la vida) como bandera; en un contexto social donde todos los trabajos socialmente útiles se vean reconocidos, extendiendo los servicios públicos, las libertades y derechos sociales de y para todas las personas.


[1] La acumulación capitalista, cuyas expresiones e indicadores más claros son la producción y la inversión, se explican tanto por la tasa de beneficio efectivo como por la evolución de la masa de beneficios, tal y como advierte Anwar Shaikh.

[2] El Banco de España estimaba “que el impacto medio anual que ha tenido el descenso de los tipos de interés entre 2008 y 2016 sobre la carga financiera neta ha sido del 1,7% de la renta bruta disponible media de los hogares en este período, del 7,9% del excedente bruto de las empresas no financieras y del 0,4% del PIB en el caso de las AAPP” Ver pág. 40.

http://www.bde.es/f/webbde/SES/Secciones/Publicaciones/PublicacionesAnuales/InformesAnuales/16/Fich/cap1.pdf.

[3] 12,8% de ratio de capital ordinario nivel 1, en 2016, según el Banco de España.

[4] El mundo de las finanzas se conjuga y articula con los intereses energéticos e industriales, con intereses cruzados en los consejos de administración, el accionariado y los acreedores. Dado el lugar central de la energía y las materias primas, las corporaciones en estas actividades también tratan de incidir todo lo posible en las políticas públicas.

[5] En el periodo de crisis el peso del fondo de salarios creció, no porque aumentasen los salarios, sino porque se despidió primero a aquellos trabajadores más desprotegidos que coincidían con los salarios más bajos. Aquel efecto estadístico de composición inicial se vio sustituido por un nuevo proceso posterior de sustitución de personas mayores, principalmente con niveles salariales más altos, por personas jóvenes, condiciones más vulnerables, una vez las razones para recurrir al despido barato colectivo se favorecieron con las reformas laborales de 2010 y 2012, del PSOE y PP respectivamente.

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