Economía | La caída de las rentas salariales: cambiar de rumbo

Artículo de Jaime Nieto

Con honrosas excepciones, es la injustamente gran olvidada de las medidas de la desigualdad. La desigualdad medida a través de la distribución primaria de la renta no es la mejor, ni la única que debería utilizarse, pero aporta información muy valiosa que no deberíamos permitirnos el lujo de perder. Frente a las medidas de distribución personal de la renta (las más habituales, como el índice de Gini, la distribución por los percentiles de la población más rica y más pobre), la también llamada distribución funcional de la renta nos revela el ADN de una economía, su estructura distributiva fundamental.

El Producto Interior Bruto (PIB) se puede medir de diferentes maneras, una de ellas a través de las rentas generadas en el país durante un período de tiempo. Por un lado, nos encontraríamos con las rentas del trabajo (salarios, cotizaciones del empresario a la seguridad social, etc.), las rentas del capital (rentas de alquileres, intereses de depósitos, dividendos de beneficios empresariales, rentas mixtas, plusvalías, etc.) y los impuestos netos sobre la producción. Es decir, que de todas las rentas generadas en un país durante un año, una parte la reciben las personas asalariadas y otra las propietarias de activos. Estas proporciones son conocidas como tasas de participación y tienen una relevancia distributiva de primer orden. En ausencia de transferencias del Estado (pensiones por desempleo, jubilación, etc.) el reparto de la tarta sería el determinado por estas tasas de participación.

En la actualidad,  a nivel global, asistimos a una caída del peso de las rentas salariales que algunos economistas se conforman con ligar al avance de las nuevas tecnologías

¿Qué importancia tiene? Básicamente, esta distribución condiciona la capacidad de una economía para que aumenten el consumo y la inversión. Los primeros economistas que prestaron atención a esta magnitud consideraban que todas las rentas salariales se gastaban (no había ahorro) y que todas las rentas del capital se ahorraban. Poco a poco, la mayor complejidad de la propia realidad iría afinando este supuesto para llegar a otro mucho más razonable: la propensión a consumir de las rentas del trabajo es mayor que las de las rentas del capital. O, lo que es lo mismo, las personas asalariadas ahorran una proporción menor de su renta. Asumiendo que el/la lector/a media de este artículo es una persona que depende –en el caso de estar trabajando- de rentas salariales, puede calcular rápidamente cuánto dinero destina de su renta mensual a nutrir un depósito o invertir en acciones. Por lo tanto, un mayor peso de los salarios en la renta total estimula el consumo y, con él, la inversión. Esta segunda parte es importante, porque los economistas convencionales insisten en que la inversión depende fundamentalmente de que haya menores tipos de interés (condiciones de oferta). No obstante, la evidencia muestra que estas se guían mayoritariamente por las expectativas que tienen de vender su producción tras la inversión (condiciones de demanda). Unas tasas de participación propensas al capital pueden generar los ahorros necesarios para que las empresas inviertan, pero no tendrán ningún interés en hacerlo si el consumo está estancado.

Economistas como Kalecki también señalaron que el aumento de la participación de las rentas del capital indica un mayor grado de concentración empresarial. Es decir, la aparición de oligopolios, monopolios y concentración de la riqueza. Sin duda, las rentas del capital, aun siendo menores que las del trabajo, se distribuyen entre un menor número de personas. Por ello, esto conduce necesariamente a una mayor desigualad o a la necesidad de un mayor esfuerzo del Estado (a través de las transferencias) para mantener cotas de igualdad razonables. Tal es así, que lo que muestran los datos es que tasas de participación altas del capital corresponden con países con una conflictividad social mayor o, directamente, economías desestructuradas. Podemos ver debajo el gráfico de la distribución primaria de la renta en la UE28 que, con todos sus problemas y la deriva –no observada en el gráfico- del desmantelamiento del Estado del Bienestar, se trata de una economía avanzada.

Elaboración propia a partir de OCDE. LAB: remuneración de asalariados; CAP: rentas del capital; TAX: impuestos netos sobre la producción

A continuación, podemos ver el mismo gráfico para India, México y Turquía. En este caso, las rentas del capital (60-70%) tienen un peso muy superior a las rentas del trabajo (25-30%). Se trata de economías con elevada conflictividad social y política (incluso, los 3 padecen conflictos armados internos en Cachemira, Chiapas y el narco y el Kurdistán respectivamente) y con gran desigualdad.

Elaboración propia a partir de OCDE.

Habrá quien puede decir que se trata de economías emergentes en plena fase de acumulación de capital, pero fijémonos en otra de estas economías emergentes para comparar.

Elaboración propia a partir de OCDE.

En el gráfico se puede apreciar claramente cómo Brasil transita, tras la llegada de los gobiernos progresistas de Lula y Dilma Roussef hacia una estructura en la que los salarios dan el sorpasso al capital. La tendencia es a parecerse cada vez más a la estructura distributiva de un país avanzado. Desgraciadamente, en su condición de país exportador de materias primas, Brasil se vio azotado intensamente por la caída de sus precios tras la crisis. Esto condujo a un incremento de la conflictividad social que, sin embargo, nada tiene que ver con el avance en materia de igualdad del país.

En la actualidad, sin embargo, a nivel global, asistimos a una caída del peso de las rentas salariales que algunos economistas se conforman con ligar al avance de las nuevas tecnologías, asumiendo que es una tendencia, como mínimo, aceptable. Si bien es cierto que algo de ello hay, debemos rechazar una generalización de esta idea pues no cabe, por ejemplo, imaginar que India, México o Turquía hayan dado un salto tecnológico apabullante que represente un espejo en el que mirarnos. Más bien, se trata de economías desestructuradas, con graves desequilibrios y conflictividad social. ¿No será que nos dirigimos hacia este modelo y no hacia una utopía hipertecnológica? Aprendamos de Brasil, de lo bueno y de lo malo. Brasil ha mejorado su economía en las últimas décadas a un nivel trepidante, mejorando sus índices de bienestar e inclusión social. Sin embargo, no prestaron atención, como en otros países latinoamericanos, a su enorme dependencia de las materias primas. Debemos caminar, por tanto, hacia vías de mayor peso salarial que no ejerzan una mayor presión sobre los recursos. Tenemos toda la información para saber hacia dónde girar el timón, ahora solo falta tomarlo.

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