Divulgación | “En el nombre de Dios”

 

“Es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja que el que un rico entre en el Reino de los Cielos”.

Evangelio de Mateo (Mt 19,24)

Cuando el 13 de marzo de 2013, el cardenal Bergoglio fue elegido sucesor de Benedicto XVI, en la quinta ronda de votaciones del segundo día del cónclave, la polémica ya le acompañaba. El desconocido cardenal argentino, arrastraba tras de sí el peso que a todo ciudadano con responsabilidad, ya sea esta eclesiástica, militar o política, le deja el haber convivido con una dictadura. Bergoglio se convertía en Francisco, con la eterna sospecha sobre cual fuera exactamente su papel durante el proceso, la más cruel y sangrienta de las dictaduras argentinas, que terminó con la vida, entre otros muchos, de numerosos sacerdotes vinculados al Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo.

En sus propias palabras, el nuevo papa comenzaba «un camino» nuevo en la Iglesia, y lo hacía escogiendo precisamente el nombre de Francisco, en honor a Francisco de Asís, un santo italiano símbolo de «una Iglesia pobre y para los pobres». Francisco llegaba a un Vaticano profundamente politizado y arcaico. La congregación de los escándalos económicos, la protectora de los sacerdotes que habían abusado y continuaban abusando sexualmente de miles de menores en todo el planeta y una cristiandad, incapaz de llegar al corazón de los más necesitados. Una iglesia empeñada en no separar la fe de la política y que demasiado a menudo inmiscuía las creencias en asuntos que deberían dilucidarse únicamente bajo las leyes terrenales.

Existe una iglesia distinta en el seno de la ciudadanía, existe otra fe muy alejada de esa que solamente se acuerda del Señor cuando las penas los ahogan o de los que asisten con traje y corbata a misa cada domingo pero viven explotando a sus congéneres.

Pese a todo, debemos reconocer que han existido cambios. Francisco ha logrado desde el gesto acercar a la iglesia un poco más al S XXI, sin grandes zancadas pero sin grandes pausas, el papa ha logrado grandes avances simbólicos en la postura de la Iglesia frente a temas siempre tan controvertidos para esta institución, como el matrimonio entre personas del mismo sexo o el uso del preservativo en las relaciones sexuales. Gestos que pueden carecer de importancia, pero que terminan con el inmovilismo de la Iglesia a lo largo de los siglos y allana el camino para cimentar una nueva doctrina católica más acorde con los tiempos en los que viven sus fieles.

Pese a todo, las tareas por hacer parecen inconmensurables para un solo hombre, en una institución que ha visto nacer y perecer a reyes e imperios. Sin duda, si una tarea resultaba necesario acometer sin dilación en el Vaticano, esta era la investigación y reparación, en la medida de lo posible, de los casos de abusos sexuales en el seno de la iglesia católica. Francisco asumió la tarea, y en una dedicación con altibajos, parece haber seguido de primera mano el devenir de los acontecimientos, pese a que continúa el santo padre sin comprender que la justicia debe de ser igual para todos, y que los tribunales eclesiásticos o los juicios de fe de nada sirven ni servirán para reparara los daños que muchos de sus sacerdotes han infligido al conjunto de la sociedad en general, y a miles de menores en particular. Los casos de abusos tienen un único lugar al que dirigirse y ese debe ser el de la justicia ordinaria. En caso de que el sacerdote en cuestión sea declarado culpable, la prisión y el paso del tiempo de su condena podrá servirle para preparar ese otro juicio con Dios que tanto parece gustar a los hombres de fe.

Lejos queda todavía la curia de ese ideal del santo de los pobres, y más lejos todavía se encuentra la institución de los verdaderos sacerdotes. Esos sacerdotes de barrio que todavía hoy sobreviven con más fe que medios a las crisis, las drogas, las pandillas juveniles y a la cosificación de la cultura que también afecta al sentir religioso. Sacerdotes que en nada se diferencian de ti o de mí, que han dado su vida en los barrios humildes de la periferia durante los peores años de la heroína, pero que todavía hoy continúan su trabajo frente a la precariedad laboral y los desahucios. Sacerdotes que nada saben de la opulencia del Vaticano, ni de las fastuosas iglesias del centro construidas para adorar a un Dios que debiera habitar en el corazón de los pobres y necesitados. Pocos parecen recordar ya hoy en Roma la expulsión de los mercaderes del templo por Jesucristo en las vísperas de la Pascua judía.

Mi casa será llamada casa de oración para todas las naciones.—Isaías; 56, 7
Pero ustedes han hecho de ella una cueva de ladrones—Jeremías; 7, 11

Mucho menos Los banqueros de Dios, el Banco Vaticano se ha convertido en la enseña de la especulación financiera y la inmoralidad del dinero de una iglesia que solo en nuestro país recibió del Estado 13.266.216,12 euros mesuales en 2016, lo que supone cerca de 159 millones de euros durante ese mismo año, sin tener en cuenta en estos cálculos lo que pueda recaudar con la casilla de la Iglesia del IRPF. Todo un negocio de la fe muy alejado del sacrificio que se supone a los siervos de Dios, aunque afortunadamente no todo es corrupción en la villa del señor.

Expulsión de los mercaderes del templo por parte de Jesús. El Greco.

Existe una iglesia distinta en el seno de la ciudadanía, existe otra fe muy alejada de esa que solamente se acuerda del Señor cuando las penas los ahogan o de los que asisten con traje y corbata a misa cada domingo pero viven explotando a sus congéneres. Una iglesia y una fe que nada tienen que ver con el fervor religioso ante las figuras de madera tallada o de metales preciosos, ni con esa clase ociosa y estamental que suponen la mayor parte de los sacerdotes hoy en día. Dentro de cada uno de nosotros existe la fe en la bondad humana, en la igualdad social y en la libertad y fraternidad entre los pueblos que en su origen la propia palabra de Dios nos instaba a construir. Cierto que no tardaron en llegar el negocio de la ciudadania arrodillada impasiblemente ante la virgen o el santo de turno pidiendo pan, salud o dinero, y que pronto le siguieron los palios a los dictadores y la economía como dogma. Pero podemos volver al redil si el camino es recto.

Decía Karl Marx que la religión es el opio del pueblo, pero yo añadiría que no más que el fútbol, internet o los informativos. Poderosa arma es pues para quien desea conseguir un mundo más justo, una verdadera iglesia al servicio de los más necesitados.

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