Divulgación | Aquí Saramago, Aquí la Muerte

Por Ricardo G. Aranda

Siempre es divertido hablar de la muerte si está José Saramago en la conversación.

Estoy leyendo su novela (por cumplir la manía de encuadrar) Las Intermitencias de la Muerte y tengo que decir que nunca, o como él diría, entendiendo por nunca, no el concepto temporal que tiende al infinito, sino más bien un periodo suficientemente largo como para usarlo sin la mala conciencia de estar mintiendo, pues nunca he sonreído tanto leyendo una historia que empieza, y creo que terminará, con la muerte.

Saramago destroza ya en las primeras páginas de su historia nuestro gran mito de las bondades que pudiera aportar la vida eterna. Haciendo real esa posibilidad lo que nos encontramos es una situación de angustias personales y caos social, sobre todo en una sociedad católicamente capitalista. Sin muerte, la organización de la vida no sirve, ni la personal ni la social.

Es bastante recomendable la lectura de estas vacilonas reflexiones. Solo debieran de abstenerse los cada vez más abundantes torquemadas del Parlamento y del mundo judicial que confunden humor (a veces intento de humor) con delito. Me estoy imaginando lo que haría Saramago con el momento histórico de la muerte de Carrero Blanco. Me lo estoy imaginando claramente y ahí se va a quedar la imagen, que si la cuento no tardaría ni media hora La Rebotika en hacer una viñeta digna de ser materia de investigación por parte de los gloriosos defensores de la ley mordaza.

Libro de José Saramago: Las Intermitencias de la Muerte.

El otro día leí un Facebook de “un amigo”, Carles (cuyo nombre completo no cito por sana discreción), que expresaba su convencimiento de que el valor de las personas se gana en vida según su comportamiento, y no en el momento de la muerte por suceder de una manera o de otra. Se refería al concepto reverencial y legal que se tiene sobre las víctimas de terrorismo y el absoluto respeto que se merecen, sin valorar para nada si en vida han hecho el bien o el mal. Tendría que ser de otra manera, que repudiemos absolutamente al asesino no tendría que significar necesariamente el que automáticamente elevemos al asesinado a los altares. Habrá de todo.

Y si no tiene más remedio que ser así ¿quiénes somos “mi amigo” y yo para luchar contra estas potentes secuelas de una cultura elitista, emanada del poder de quienes han heredado la aureola del pensamiento franquista? Pues nada, viviremos con ello, pero al menos que sea un fenómeno de obsesión respetuosa que alcance a otros sectores, también muy necesitado de respeto al margen de lo que haya sido su comportamiento en otros momentos de su vida. Me estoy refiriendo a las víctimas del maltrato machista. Sin embargo aquí sigue habiendo multitud de estos citados próceres de la sociedad suprahistórica que aún piensan, a veces en voz alta con la complicidad del no reproche del resto, aquello de “algo habrá hecho”.

No es que haya muertes de primera y de segunda. La hay de tercera, cuarta, quinta… hasta la de quien recibe a tan molesto personaje en mitad de los mares (ahora condeno a esta asesina masa acuática al machismo del nombre masculino con voluntario desprecio) mientras huye del miedo a la guerra o a la miseria y choca con ese muro del egoísmo humano llevado a sus últimas consecuencias.

Y luego hay otra graduación, la muerte propia o la ajena. Con la propia no hay problema, porque cuando la muda guadaña viene, uno se va, por tanto no hay conflicto. El problema es cuando ese personaje entra en tu casa y uno ha de quedarse para valorar las consecuencias, eso ya jode más.

Vaya, mejor volver a Saramago.

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