Diecisiete son menos que dieciocho

Por Luis Aneiros @LuisAneiros | Ilustración de ElKoko @Elkokoparrilla

A las modernas sociedades europeas nos gusta presumir de democracia, y de basar nuestro modelo de sociedad en la voluntad popular. Lo que eligen los electores es sagrado, y debe respetarse por encima de cualquier otra cuestión. Y eso, en los países realmente democráticos, se traslada a todos los estamentos sociales: desde la elección del parlamento hasta la del presidente de la comunidad de vecinos de tu edificio. Pero, paradójicamente, son los partidos políticos, que pretenden representarnos en las instituciones, los que más traicionan ese espíritu participativo y de respeto de la voluntad mayoritaria. Incluso en los partidos cuyos estatutos recogen sistemas de votación para la elección de sus dirigentes, esta votación no es directa y no está exenta de maniobras políticas para llevar las ascuas a las sardinas que más convengan. Para qué hablar ya de partidos como el PP, que se pasan los bastones de mando en función de unos méritos que sólo ellos conocen, y que nadie cuestiona dentro de sus filas.

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Y de esos polvos, estos lodos… La situación que se vive a día de hoy en el PSOE es precisamente el fruto de esa hipocresía de partido, de ese manejo de la supuesta voluntad de los militantes, con la que se trapichea indecentemente, responsabilizando así de las desgracias del partido a los que eligieron a sus nefastos gestores. Costumbre que después suele trasladarse a los gobiernos, utilizando los votos recibidos como salvoconducto eterno para justificar decisiones que perjudican a esos mismos votantes. Francisco Franco Bahamonde, al igual que cualquier otro dictador de su calaña, gustaba de rodearse de masas guiadas para poder afirmar que contaba con el apoyo del pueblo al que sometía a su divina voluntad. Se entiende que esa tradición, la de justificar los errores y barbaridades con el respaldo de los ciudadanos, sigue vigente en un país que todavía conserva unas cuantas costumbres similares más, fruto de cuarenta años de sometimiento del pueblo a sus autoridades.

Utilizar esas tres plazas vacías para pretender tener una mayoría es inmoral y una clara muestra de las poco edificantes intenciones de quienes lo hacen

Diecisiete son menos que dieciocho. Posiblemente esto sea lo único que vaya a decir en este artículo en lo que todos estemos de acuerdo. Porque, siendo cierta esa afirmación, la interpretación que se da a partir de ella difiere mucho según quién la haga. Son diecisiete los miembros de la Ejecutiva Federal del PSOE que dimiten, y dieciocho los que se quedan en apoyo a Pedro Sánchez. La utilización de tres puestos vacantes de esa Ejecutiva para justificar lo de “la mitad más uno” es simplemente prostituir lo que han elegido las bases en el último Congreso del partido, en julio de 2014. Una de las vacantes se produjo por el fallecimiento de Pedro Zerolo, y las otras dos por la renuncia de José Ramón Gómez Besteiro y Javier Abreu. No se puede afirmar qué decidirían esos tres vocales en caso de seguir en sus puestos, y es tan lícito sumarlos a los dimitidos como a los no dimitidos, ya que dichas vacantes no guardan relación alguna con los hechos que han llevado a esta situación. Imagino el aluvión de posibles respuestas sobre los estatutos, la legalidad, la interpretación, etc. etc. Pero lo importante del caso es que utilizar esas tres plazas vacías para pretender tener una mayoría es inmoral y una clara muestra de las poco edificantes intenciones de quienes lo hacen. Estoy completamente convencido (desde el desconocimiento real) de que en esos mismos estatutos se recogen formas legítimas, legales y leales, para manifestar la disconformidad de miembros del partido y de la misma Ejecutiva con la actuación del secretario general, sin tener que pasar por el vergonzoso espectáculo de refugiarse en sillas vacías que no pueden pronunciarse. No me cabe la más mínima duda de que el PSOE posee los conductos reglamentarios necesarios para ejercer el derecho a la crítica y para cuestionar la figura de Pedro Sánchez, sin que la ciudadanía llegue a la conclusión de que una de sus más sólidas formaciones políticas no es más que una manada de lobos, que mientras tienen las barrigas llenas resultan hasta agradables.

Cuando se comete un error, y Pedro Sánchez ha sido un error dentro del PSOE, la solución nunca debe de ser cometer otro

En el PSOE se ha creado, o formalizado quizás, una división de forma pública y notoria. Pero me da la impresión de que tampoco esta división es lo que parece. He leído estos días mucho sobre el ala izquierda y el ala derecha del partido socialista, como si Pedro Sánchez fuera una especie de renovador del espíritu más izquierdista, mientras González, Ibarra o Díaz representan el acercamiento a la derecha. Y mi impresión es que esa conclusión es errónea. El PSOE se ha dividido entre los que entienden la política como un servicio y no entran en ella para situarse, y los que necesitan el mantenimiento del sistema actual para no perder los privilegios vitalicios que, hasta ahora, otorgaba el paso por las instituciones. Pedro Sánchez no es la reencarnación del modelo socialista de Pablo Iglesias o Largo Caballero. Pedro Sánchez no es merecedor de llevar en su solapa las iniciales de Socialista y Obrero que incluye el logotipo de su partido. Pedro Sánchez es fruto de estos tiempos, en los que las ideologías se diluyen en favor de las maneras. Podría estar en el PP. Encajaría perfectamente si el PP no fuera un partido corrompido desde sus cimientos. Y Susana Díaz no es una falangista avergonzada, que se oculta detrás del puño y la rosa. Es tan sólo una persona con una ambición política desmedida, víctima de un momento en el que la falta de figuras relevantes en el partido, y el ser la que más apoyos tiene en una comunidad autónoma, la han aupado a una posición privilegiada, que ella misma y algunos de sus compañeros traducen como la del posible liderazgo del PSOE. Pero, en serio… ¿Susana Díaz liderando el Partido Socialista Obrero Español a nivel nacional? ¿Se imaginan que lo hubieran hecho figuras como Paco Vázquez o José Bono? Cada cual tiene su papel, y el de Susana Díaz no es precisamente ese… salvo que en el PSOE quieran dar el puntillazo final al partido de esa manera, claro.

Cuando se comete un error, y Pedro Sánchez ha sido un error dentro del PSOE, la solución nunca debe de ser cometer otro. Y el espectáculo dado por los diecisiete dimisionarios, junto con personajes de la talla de Felipe González y el resto de barones, es mayor error aún por lo que tiene de antidemocrático y de humillación del que fue un gran partido político, imprescindible para construir, con todas sus sombras y luces, lo que hoy es nuestro país. Los mismos que dijeron en su momento, dentro de las filas socialistas, que los diputados deberían de abstenerse para facilitar un gobierno del PP, porque así lo habían demandado las urnas, tendrían que haber respetado también la voluntad de las bases del PSOE, que nombraron a un secretario general al que ahora se quiere tirar sin volver a consultar a esas mismas bases. Curioso: en el PSOE se respetan más los votos del PP que los de sus propios militantes.

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