La moda como arma heteropatriarcal

Por Ana Barba | Ilustración por Vuelibrelula

El final del verano está a la vuelta de la esquina y con ello la llegada del otoño, época de cambio de armario, de grandes campañas publicitarias que nos animan a comprar todo “lo nuevo” de esta temporada. Pensando en ello me he acordado de una historia y he empezado a darle vueltas a algunas ideas.

La historia que da pie a este texto es la historia de una chica a la que llamaremos Alicia y de algunas de sus amigas. Con trece Alicia era la más alta de su clase, le decían que parecía la madre de todos. Además, era atlética y fuerte. Nunca le gustó ser así, pues era distinta a las demás niñas de su colegio, pequeñitas y frágiles como muñecas. En la infancia no nos gusta que nos señalen por ser distintas. Además, en su barrio del Distrito de Carabanchel había siempre edificios en construcción y pasar por delante de las obras suponía una angustia y una afrenta por las barbaridades que los camaradas obreros tenían a bien dirigirle. Así que empezó a ocultarse tras amplias camisas de hombre, “robadas” a su padre, a sus hermanos y más tarde adquiridas en el rastro. Por suerte, corrían buenos tiempos para ir contra corriente (finales de los 70, ya muerto el dictador) y eran legión las que, ya en el Instituto, vestían igual, escondidas bajo las camisas gigantes. La adolescencia dejó paso a la primera juventud, llegaron la Universidad y la “Movida madrileña” y todas querían vestir como Rubi “Casino”, como Ana Torroja, como Ana Curra o como Alaska. Eran estilos opuestos, fisonomías opuestas, pero todas les gustaban a nuestras protagonistas e imitaban a una u otra según soplara el viento de su humor juvenil. Sus favoritas en primero eran las faldas rockeras y las bailarinas. En segundo los modelos new romantics  y desde tercero eran las ropas negras, pardas y moradas, las cadenas y los pelos de punta, que ya no abandonaron a una parte de esa generación hasta unos años después.

Toda aquella suerte de disfraces que se ponían eran ingeniosas vestimentas no adquiridas en tiendas, en las que no existían semejantes “modelos”. Piensen que el comme il faut era una ropa triste y anodina, ropa que podía adquirirse en Galerías Preciados o en cualquier tienda de confección de barrio, ropa que llevaban las jovencitas que escuchaban a Julio Iglesias y a José Luis Perales. ¿Imaginan ir a un concierto de “Siniestro Total” vestidas con ropa de ir a misa de doce? Se me nubla la vista sólo de pensarlo, ¿a ustedes no? Así que, a falta de tiendas, ellas mismas modificaban la ropa, muchas veces comprada en el rastro, como las cadenas, las pulseras de cuero anchas o los cinturones de tachuelas. La gran ventaja de todo aquello era que no había tallas, que cada una adaptaba la ropa a sus medidas. Lo único que importaba era llevar suficiente köhl negro y bastante laca para que el pelo de punta no se descolocara.

Pero todo lo bueno acaba y acabaron la “Movida” y la Universidad.

El afán consumista hace que los más ricos lo sean cada vez más a costa de los recursos de la población asalariada. Es la moda como elemento capitalista.

Cuando dejas de ser estudiante y te inicias en el mundo laboral, lo primero que aprendes es que “se exige buena presencia”, lo que demonios quiera eso significar. En este punto todas tendremos nuestras propias historias, algunas frustraciones y mucho sentimiento de marioneta. Porque esa “buena presencia”, ¿quién la dictamina? ¿quién marca las normas? Si quieres encontrar un trabajo es preferible que seas “normal”, que sigas las modas, que tu aspecto sea “personal dentro de lo tolerable”. Es cuestión de dejar a un lado todo atisbo de originalidad que pueda indicar que no eres “normal”, eso sería nefasto para tu carrera laboral (salvo que seas artista, claro está, que esos, ya se sabe, “son todos muy estrafalarios”). Así que te ves, de buenas a primeras, comprando revistas de moda para saber qué es “lo que se lleva” y poder ser “normal”. Cuando yo era más joven y conspiranoica, solía pensar que existía un lobby de la moda abiertamente misógino, al que no le gustaban nuestras curvas. Ese lobby determinaba que las “modelos” debían ser altísimas, delgadísimas y subidas a tacones vertiginosos. Por eso, si ya no eras la más alta de la clase y tus curvas te alejaban del modelo efebo, tenías un grave problema. Para muchas era virtualmente imposible encontrar ropa de su talla en los Zara, Blanco y Mango de turno, por lo que el paso por la “sección de tallas grandes” era inevitable. La frustración y rabia se transformaban no pocas veces en odio al propio cuerpo, anorexia o bulimia, o adicción a laxantes y diuréticos. Ahora, ya en la segunda mitad de mi vida, he dejado de ser conspiranoica. Ahora tengo la certeza de que no es sólo el lobby de la moda el que está en nuestra contra, ahora sé que es el propio sistema heteropatriarcal el que nos quiere esclavas y utiliza la moda y la publicidad para controlarnos. El consumismo desaforado que se genera hace que muchas personas destinen buena parte de sus ingresos a esa obsesión. La llamada “Industria de la moda” es una de las que más plusvalías genera, como demuestra el hecho de que Amancio Ortega sea el hombre más rico del mundo en este verano de 2017, por lo que el afán consumista hace que los más ricos lo sean cada vez más a costa de los recursos de la población asalariada. Es la moda como elemento capitalista.

 

“Moda” es un término estadístico que indica qué elementos son los más frecuentes en un sistema. “Normal” es un término que indica la distribución de elementos de un sistema determinada por una curva de Gauss. Lo “normal” en la Naturaleza responde a patrones estadísticos coincidentes con una curva de Gauss, lo que permite predecir la distribución de elementos en dichos sistemas naturales. Ahora bien, en el tema que nos ocupa, lo llamado “normal” no sigue las leyes estadísticas, como veremos a continuación y la “moda” lo es sólo porque agentes externos al sistema presionan para que la frecuencia sea o parezca anormalmente alta. La mal llamada “moda” es, por tanto, una imposición, alejada de un sistema libre, y lo “normal” no es lo que el heteropatriarcado denomina como tal, puesto que los elementos que aparecen con menor frecuencia responden también a lo que la estadística llama distribución normal. Por tanto, es tan normal una persona de 1.50 m y 40 kg como una de 1.85 m y 78 kg, siendo lo más frecuente en esta distribución normal una estatura de 1.70 m y 60 kg. Todas son “normales”. El sistema llama “normal” a lo que es “uniforme”.

Si buscamos las posibles motivaciones del sistema heteropatriarcal para usar la moda como herramienta de opresión, encontraremos que necesitan mujeres inmaduras, sin criterio propio, que hagan seguidismo de “las leyes establecidas” sin cuestionarlas, preocupadas por asuntos superficiales, sin ver lo esencial. Las fashion victims serán más propensas a ser sumisas, adaptadas al papel subordinado y de reproducción que permite el mantenimiento del statu quo. Si no quieren ser “distintas”, si hacen lo imposible por ser “normales”, nunca cuestionarán al propio sistema y criarán hijas sumisas e hijos supremacistas de género, que verán a sus madres con el desdén propio del macho y perpetuarán ese rol cuando formen su propia familia. La moda cambia cada temporada para que nada cambie en la sociedad.

La ropa como expresión de la propia personalidad, de la fantasía de cada una, como un modo de buscar la simple comodidad o como extensión de un cierto espíritu artístico, la belleza plástica de algunas prendas de ropa, incluso el fetichismo o la mitología en torno a adornos y abalorios deben ser vistos como una forma de relacionarnos con nosotras mismas y con nuestro entorno. Cuando creamos nuestra propia “moda”, ajena al mercado y en los márgenes del sistema, estamos, tal vez, iniciando un leve proceso emancipatorio. Será tal si nuestra propia “moda” nos hace rebeldes e insumisas, por nuestra propia libertad.

Cerraré con un lema feminista que me encanta y que es el perfecto colofón al tema tratado: “La talla 38 me oprime el xoxo”.

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