Derechos | La mística de la igualdad ciudadana

Por Claudio de Prócer

Luchada en la Revolución Francesa y consagrada en la Declaración de Derechos del Hombre y el Ciudadano, la igualdad ha sido el caballo de batalla de las democracias liberales desde su fundación. Pero, ¿es ésta real?

Se puede decir muchas cosas de la igualdad. Su carencia en anteriores estados sociales, su proclamación hace doscientos años, su defensa a ultranza por parte de los liberales, su altísimo valor en la fundamentación del sistema que nos gobierna. La igualdad es la base de la perpetuidad del régimen: no hay porqué rebelarse, porque todos tenemos los mismos derechos. No hay porque encabritarse, porque la igualdad ha abolido las rígidas jerarquías de épocas pasadas. Adiós esclavitud, adió servidumbre, hola ciudadanos.

Y todo esto hace doscientos años, acabados de salir del Antiguo Régimen, preparando la entrada en el nuevo. Qué mentes más brillantes, su visión es tan válida que ha permanecido intocable dos siglos, y aún hoy es el pilar sobre el que se asienta la convivencia, el tráfico económico y la libertad. ¿O no?

Pues no. Concretamente, hablando en términos jurídicos, la igualdad liberal ha cambiado, pero para bien. Fruto de los esfuerzos de los partidos revisionistas, críticos con el socialismo de vía insurreccional, después de la Segunda Guerra Mundial apareció el Estado de Derecho. Entre las muchas cosas que traía —entre ellas el contentamiento de la plebe con migajas de poder y garantías— se desarrolló un cambio en el concepto “igualdad”: Ya no era igualdad en la ley, con todos los ciudadanos obligados a obedecer y a recibir el castigo de igual manera, sino ante la ley: se producía una progresión en las penas y en las exigencias, castigando y exigiendo de diferente manera al genio y al limitado mental.

Pero obviamente, no se tambaleó el sistema. Era un cambio minúsculo, que afectaba a una minoría, que sencillamente introducía un matiz y que seguía castigando al autor por lo que era y no por el crimen cometido —antes también era así, simplemente no rebajaban penas por limitación—.

Y no se tambaleó porque ese no era el quid de la cuestión. Vendida la moto socialdemócrata, la masa subalterna se regocijó en su propia miseria, y el poder siguió disfrutando de su igualdad.

¿Por qué? Pues porque la igualdad de Derechos y obligaciones no significan nada. Juegan en el plano abstracto, son corazas nunca visibles. Lo que sí se ven son sus efectos materiales. Y es ahí, en los efectos materiales y de propiedad, materializados los derechos, cuando podemos comprender que nadamos en la desigualdad, en la disparidad de oportunidades, en la dramática variancia de posibilidades vitales entre propietarios y no propietarios de bienes de producción. Es ahí donde las fórmulas huecas de las revoluciones burguesas, del liberalismo, de la democracia representativa infecta, es ahí donde todo el aparato argumentativo, fracasa de manera estrepitosa.

Sin igualdad no hay libertad. Sin libertad no se pueden ejercer derechos. Sin derechos, una amplia capa de la población, siempre la más desprotegida, queda a merced de aquéllos que, literalmente, pueden comprar su libertad, y en ese caso sí igualándose con sus compañeros capitalistas, camaradas de mariscada.

La igualdad, en definitiva, es una quimera, porque la redistribución de la riqueza es una quimera. Y lo seguirá siendo hasta que en este país, en este puñetero mundo, la clase trabajadora no tome lo que le pertenece, no se reconozca a sí misma como dueña de la tierra y producto que trabaja y hasta que no tome el poder político. La igualdad es cuestión legal, y hasta que la sociedad y no la clase dirigente haga las leyes que la rijan, no la habrá, porque está tan hueca como el concepto de capitalismo ético.

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