Derechos | Hablemos de slut-shaming

Por María Sánchez Arias

El slut-shaming o ese anglicismo que podemos traducir por “acusar o tildar de prostituta” consiste justamente en eso, en intentar degradar a una mujer con insultos como “prostituta”, “zorra”, “chupapollas” y un largo etcétera. Ahora bien ¿qué significan dichos apelativos, siempre referidos a la mujer? ¿Por qué nuestro estatus social depende de cómo sea nuestra vida sexual y la manifestación de la misma? ¿Por qué a los hombres se les premia, se les “da una palmadita en la espalda” si tienen relaciones con varias mujeres o les hacen una felación? Obviamente, en el caso de los hombres la homosexualidad no da mérito. En el caso de las mujeres, quizá, sí; siempre y cuando pueda ser sexualizado y consumido por el hombre heterosexual. Así, una vez más, se nos niega nuestra sexualidad, la propia. No nos masturbamos, nuestras relaciones sexuales solo son posibles si conllevan el disfrute o el placer del hombre, participe o no en la relación sexual. Esto es, al fin y al cabo, el slut-shaming. Si bien, es cierto, que si no cumplimos con lo que se espera de nosotras a nivel sexual o nos negamos a una determinada práctica corremos el riesgo de que se nos acuse de frígidas. Una vez más, hagamos lo que hagamos, el Patriarcado siempre tendrá algunas lindezas que dedicarnos para recordarnos cuál es nuestra posición en la sociedad.

De lo expuesto anteriormente se deriva que la cuestión no reside, pues, en que tengamos una mayor o menor actividad sexual, sino en el simple hecho de que somos mujeres y que nuestra sexualidad no está permitida. Aunque, esta aseveración no es del todo correcta, puesto que lo que no se nos está permitido es que esta sea libre, sin ataduras y sin la necesidad de satisfacer a un determinado hombre, nuestro marido, novio o pareja. Se nos impide que salgamos del cuarto, no del propio como diría Wolf, del de nuestra pareja, que se nos hace creer que es de ambos, y se nos niega la posibilidad de hablar del placer, de encontrar lugares comunes, de establecer una zona disidente desde la que podamos rearmar o crear una nueva sexualidad. Hay que recordar en relación con ello, que no, que el feminismo no es que la mujer se sitúe en el lugar del hombre. El feminismo trata de crear nuevas relaciones junto con un nuevo sistema igualitario y equitativo. Por tanto, y, en consecuencia, el slut-shaming es al que se recurre cuando se nos intenta poner en nuestro sitio en lo que respecta a la intimidad y a la sexualidad. Pero, sigamos, puesto que esto no queda aquí. El tildarnos de putas va mucho más allá que de coartarnos nuestro derecho al placer.

Sea porque mostremos nuestra sexualidad, porque caigamos mal a alguien o tengamos una discusión, “puta”, “zorra” o “chupapollas” son los insultos o las faltas de respeto por excelencia si se trata de una mujer.

Cuando se nos acusa de prostitutas o zorras se nos está señalando, se nos está recordando que no nos salgamos del redil. Un ejemplo claro, en muchas ocasiones, se insulta a mujeres políticas, como Esperanza Aguirre o, en el extremo contrario, Ada Colau con adjetivos como “puta” o “zorra”. Obviamente, estas personas están dando un cariz negativo al trabajo de la prostitución y que, independientemente de su sexualidad, cualquier acto negativo de una mujer siempre atañe al mismo ámbito, su condición de mujer. Del mismo modo, hacen falta muchos escudos y años de conciencia sobre la situación de la mujer, e incluso de psicólogos, para que este insulto no nos destroce emocional o públicamente. En resumidas cuentas, sea porque mostremos nuestra sexualidad, porque caigamos mal a alguien o tengamos una discusión, “puta”, “zorra” o “chupapollas” son los insultos o las faltas de respeto por excelencia si se trata de una mujer. Una vez más, la misoginia.

No está de más recordar que el slut-shaming es un mecanismo patriarcal, por lo que, sintiéndolo mucho, Esperanza Aguirre, Ada Colau o cualquier otra mujer serán muchas cosas, pero nunca una “puta”, una “zorra” o lo que a cualquier machista se le ocurra en un determinado momento. Sobra decir que nuestra sexualidad, nuestro cuerpo y nuestra intimidad son nuestras y que nadie tiene derecho a juzgar cómo nos comportamos a ese respecto, puesto que el sexo sí es, ha de ser feminista y si no, no es. El sexo es, pues, placer, conocimiento y descubrimiento, pero nunca una vara de medir de nuestra dignidad, capacidad o puesto social.

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