Derechos | Demasiado sexo

Por María Sánchez Arias

El sexo, más bien, la sociedad hipersexualizada ha cumplido con las reclamaciones de aquella revolución sexual que no queda tan lejana. Y que, si en un principio no podemos negar su carácter liberalizador, sí que podemos poner en duda que esta liberación haya supuesto una liberación para la mujer. La pornografía copa los buscadores de internet y las redes sociales, así como grupos de whatsapp y otras plataformas; la prostitución ha incrementado su número, tanto en cifras económicas como en clientes y prostitutas. Las películas, las series y otras manifestaciones culturales nos muestran a hombres, entiéndase por ello al género, que buscan, casi desesperados, mantener una relación sexual con una mujer. La publicidad, asimismo, nos muestra imágenes similares y aconseja que compren su producto para así incrementar las posibilidades de una relación sexual. Todo ello muestra la necesidad imperiosa o, al menos, así lo parece del género masculino por mantener relaciones sexuales a toda costa y, ciertamente, estas relaciones, echando un vistazo al porno más mainstream, son cuanto menos agresivas. Ahora bien, es necesaria una aclaración, la justificación de esta necesidad por ser biológica o propia del hombre de manera intrínseca queda un poco coja si pensamos en que la mayoría de las prácticas sexuales tienen poco o nada que ver con la reproducción y mucho o bastante con el poder y el control. Del mismo modo, el poder, entendido como dominación y placer por la obtención del mismo, no es ontológicamente natural, más bien todo lo contrario, cultural.

Desde una óptica moderna no es difícil comprender el porqué de poner al sexo en el centro, pues resulta, al menos, una propuesta sumamente hedonista y que se centra en el ego. Ahora bien, esta reivindicación sexual tiene un rostro masculino, ya que el que busca y persigue la consecución del placer sexual es el hombre y la mujer ha de estar dispuesta a mantener dichas relaciones. De hecho, en esta nueva compresión de las relaciones sexuales y la consecuente hipersexualización de la sociedad la mujer sufre un proceso de sobrecarga sexual (Rosa Cobo, 2017). Esto es la mujer se convierte, todavía más, en un objeto sexual que ha de estar a disposición del varón. En consecuencia, la mujer ha de construirse, como género, en relación a la concepción patriarcal de mujer como objeto sexual, mujer como objeto que ha de ser deseado y cuyo valor social depende de las consideraciones al respecto de su belleza, más bien, del número de hombres que la deseen. La pornografía mainstream ha afianzado esta dimensión del rol de la mujer, pues en dichas películas o vídeos la mujer siempre aparece dispuesta a ser usada por el hombre en la consecución de su placer sexual. Asimismo, como ya señalamos, el hombre no se conforma con satisfacer su deseo sexual, sino, también, ha de ejercer de dominante y la mujer ha de someterse. Ello se puede entender como una compensación a la creciente pérdida de poder en el ámbito del varón, es decir, a la irrupción en el espacio público de la mujer y los peligros que conlleva para el mantenimiento de los privilegios masculinos (Rosa Cobo, 2017).

En esta nueva compresión de las relaciones sexuales y la consecuente hipersexualización de la sociedad, la mujer sufre un proceso de sobrecarga sexual

En consecuencia, la hipersexualización de la sociedad ha supuesto un duro golpe al feminismo, pues se vendió como liberación sexual aquello que, en realidad, era un paso atrás para las mujeres, al menos, en este campo. Obviamente, existen espacios de disidencia, pero por desgracia estos no son los mayoritarios. Asimismo, deberíamos repensar el sexo y las relaciones que se establecen a partir de o mediante él, ya que tienden a ser tóxicas y, en muchas de las ocasiones, se nos olvidan las necesidades de la otra persona. Del mismo modo, y, aunque no se haya tratado con detenimiento aquí, ¿no es esta concepción del sexo, una concepción neoliberal y sumamente hedonista?

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