Cultura | Las fuerzas opositoras en el primer bienio republicano

Por Eduardo Montagut

Una de las claves para entender las dificultades con las que tuvo que enfrentarse el gobierno republicano-socialista del primer Bienio de la Segunda República en sus intentos de aplicar su ambicioso programa de reformas en las estructuras políticas, administrativas, educativas, culturales, sociales y económicas de España fue la resistencia y oposición de una serie de fuerzas políticas y sociales de distinto signo, poder e influencia. Aunque es complicado abordar una cuestión de esta envergadura en el marco de un artículo periodístico, intentamos aportar algunas claves para entender esta capital cuestión de la historia contemporánea española.

Por un lado, estarían las fuerzas a la izquierda, principalmente los anarquistas. Por otro lado, se encontraba una potente oposición eclesiástica, la de amplios sectores de la oficialidad del Ejército y la de las distintas derechas.

Los anarquistas terminaron por declarar a la República, como a cualquier otra forma de Estado, como enemiga de la clase obrera, aunque no se movilizaron en su contra cuando se proclamó. En plena Dictadura de Primo de Rivera se había fundado la FAI (1927), como sociedad que reclutó a sus afiliados entre los cuadros más duros de la CNT. Ante lo que consideraban excesiva lentitud de las reformas republicanas, especialmente, la agraria, la FAI y la CNT impulsaron la iniciativa campesina y obrera al margen del poder. Así se sucedieron diversas agitaciones anarquistas en el campo y en las fábricas. El gobierno respondió, en general, con extrema dureza. Uno de los acontecimientos con más resonancia fue el de Casas Viejas a principios de 1933. Los campesinos se sublevaron y atacaron a la Guardia Civil. Esto motivó el envío de la Guardia de Asalto para restablecer el orden. Cuando todo parecía acabado, un viejo anarquista se atrincheró en su casa con sus hijos, nietos y algunos vecinos, ante lo cual se desencadenó una brutal y desproporcionada represión: se incendió la casa y se ordenó ametrallar a sus ocupantes. Murieron todos menos dos. Después se asesinaron a doce hombres maniatados. Esta actuación policial desacreditó al gobierno entre amplios sectores populares y de la izquierda, y contribuyó a su crisis y caída.

La alta jerarquía eclesiástica estuvo muy vinculada a la Monarquía de Alfonso XIII y, en general, al sistema de la Restauración que le permitió recuperar el poder e influencia que había perdido, en cierta medida, en la época del Sexenio Democrático. En oposición, el republicanismo español mantenía posiciones anticlericales, aunque algunos de sus representantes, como Alcalá-Zamora o Miguel Maura, eran declarados católicos. El primer conflicto surgió con la máxima autoridad eclesiástica española, el primado cardenal Segura, quien en una pastoral del 1 de mayo de 1931 atacó a la República y exaltó al monarca. El gobierno exigió la dimisión del cardenal pero la Iglesia cerró filas en torno a su principal figura.

También hubo otro conflicto con el obispo de Vitoria. Las relaciones entre el gobierno y la Iglesia habían comenzado mal.

Otro fenómeno que enrareció más las relaciones entre la Iglesia y el nuevo régimen fue el vandalismo anticlerical. El gobierno no instigó estos hechos, pero no fue diligente en atajarlos porque no quería granjearse la enemistad de ciertos sectores populares, cuyo anticlericalismo violento era una explosión visceral de rabia al considerar a la Iglesia vinculada con los poderosos y ricos.

En el seno del Ejército existía una gran división entre partidarios y enemigos de la República. Una de las cuestiones clave era la autonómica al suponer una reforma de la tradicional organización territorial centralista de España, principal preocupación para muchos militares porque consideraban que rompía uno de los dogmas sagrados de la institución, la unidad de la patria. Ante las conspiraciones militares, la República optó por una política suave de sanciones ante el temor que producía el Ejército. La más importante de todas las conspiraciones fue la protagonizada por el general Sanjurjo, director general de la Guardia Civil, en Sevilla en el verano de 1932. Pero fue un golpe precipitado y con escasa coordinación, por lo que pudo ser sofocado con facilidad. La reacción del gobierno fue la suspensión de algunos periódicos de derecha, la destitución de algunos cargos, la disolución del Tercio de la Guardia Civil que se había sublevado, y la expropiación de tierras a los terratenientes comprometidos en el golpe. Se procesó a Sanjurjo, que fue condenado a muerte, aunque se le conmutó la pena por cadena perpetua.

Los partidos de derechas se pueden clasificar en dos grandes grupos, según su actitud ante la República. En primer lugar, estaría la derecha accidentalista, es decir, aquella cuya estrategia consistía en conquistar el poder en las urnas para convertir a la República de izquierdas en una República conservadora. En segundo lugar, tendríamos la derecha monárquica y antirrepublicana, que pretendía, en cambio, acabar con la República mediante la conspiración militar.

De los partidos accidentalistas destacaría, sin lugar a dudas, la CEDA, o Confederación Española de Derechas Autónomas, de Gil Robles, que contaba con el apoyo de la Iglesia y agrupaba amplios sectores católicos de la clase media, la alta burguesía y a los terratenientes, así como al amplio sector de medianos y pequeños campesinos del centro peninsular. Su programa se basaba en la defensa del catolicismo y el orden social. Se trataba de una coalición política creada en octubre de 1933, fruto de la unión de Acción Popular de Gil Robles y de la Derecha Regional Valenciana, dirigida por Luis Lucía, junto con otras formaciones más pequeñas.

La derecha monárquica estaba representada por el Partido Carlista o Tradicionalista de Fal Conde, que mantenía la tradición del carlismo, y Renovación Española, fundada en 1933 con Calvo Sotelo como máximo representante, que propugnaba una monarquía autoritaria.

Con carácter más minoritario estaba la extrema derecha. Bajo la inspiración del fascismo italiano y algo menos del nazismo alemán, surgieron distintos partidos totalitarios, que terminaron por unirse al último en crearse, es decir a Falange Española, fundada en 1933 por José Antonio Primo de Rivera. Fue la organización más activa de la extrema derecha y utilizó la violencia contra miembros de partidos y sindicatos de izquierda.

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