Cultura | En busca del Homo Sapiens

Por Javier Merino

Los hallazgos de los Leakey en Olduvai, aunque de gran importancia, no fueron los primeros restos australopitecinos encontrados. El mérito de haber sido el primero lo ostenta un anatomista australiano llamado Raymond Dart, catedrátido de Anatomía en la Universidad Witwatersrand en Johannesburgo. En 1924, le entregaron dos cajas de madera con “reliquias” que habían sido descubiertas en las pilas de escombros de una cantera de piedra caliza en Taung (que literalmente significa Lugar del León), en el Kalahari occidental.

De la segunda caja, Dart extrajo un pedazo de piedra caliza que contenía el cráneo fosilizado, la cara y la mandíbula inferior de lo que hoy en día se cree que es el equivalente prehistórico de un niño de seis años. Dart tardó semanas en separar, con la ayuda de un cincel, el cráneo de la piedra, pero estaba seguro de que, según diría después, se trataba de “uno de los hallazgos más importantes de la historia de la antropología”.

Dart bautizó al niño de Taung como Australopithecus Africanus, “mono africano del sur“, estableciendo una manera de nombrar el descubrimiento que se volvería común entre antropólogos. Dart tenía la certeza de que se hallaba ante uno de los eslabones perdidos que unían a simios y humanos, pero al principio la comunidad cienífica no estaba tan convencida de ello.

Durante años se llevó a cabo un  intenso debate en la prensa académica sobre el papel que ocupaba Taung en el esquema de la evolución; muchos de los expertos opinaban que el eslabón perdido debería poseer un cerebro mucho mayor, una escuela de pensamiento basada en el cráneo fraudulento del hombre de Pittdown descubierto en Inglaterra hacia 1923. Hoy en día se acepta, sin embargo, que el niño de Taung, de millones de años de antigüedad, con sus mandíbulas de apariencia humana y su cerebro simiesco, fue un intermediario en la aparición de la familia humana y que se sitúa entre, al  menos, dos tipos de australopitecinos (uno de ellos corpulento, el otro mucho más liviano) que vagaron por el sur de África hace 1 y 3 millones de años respectivamente.

En lo que respecta a la aparición de nuestro género, el Homo Sapiens, en los pasillos académicos también han tenido lugar discusiones airadas sobre este tema. Hasta principios de los 70, la creencia popular se basaba en que los seres humanos modernos, o “casi modernos”, habían aparecido en Europa y África más o menos al mismo tiempo hace 35.000 años. Más tarde, en las excavaciones de la desembocadura del río Klasies, en Sudáfrica, realizadas primero por John Wymer y Ronald Singer en 1966, y después por la Universidad de Stllenbosch en 1984, se recuperaron fósiles humanos de hace más de 100.000 años. Esto parece indicar que los humanos modernos vivían en África en una época en la que Europa y Asia estaban habitadas solamente por gentes arcaicas, aunque esta hipótesis aún no ha sido probada.

El problema con la comunidad del Klasies es que, si bien pueden haberse parecido a nosotros, no se comportaban como los humanos de la Edad de Piedra. Eran cazadores mediocres que, al parecer, no se atrevían a perseguir animales grandes y peligrosos y preferían la carne más fácil. No poseían ningún tipo de tecnología innovadora, y no demostraban interés por el arte o la religión ni enterraban a sus muertos. Existen incluso indicios de que los arañazos y marcas de quemaduras halladas en algunos de los huesos recuperados son el resultado de actos de canibalismo. Esto indica que no se trata de una cultura en el sentido que le damos hoy en día, y que es muy probable que estos pueblos tuvieran en el cerebro diferencias anatómicas clave que los diferenciaban de pueblos de la Edad de Piedra más “convencionales”.

Pie pequeño, descubrimiento grande

Pie pequeño

La contina búsqueda de los orígenes de la humanidad recibió un impulso nuevo en diciembre de 1998, cuando unos investigadores anunciaron el descubrimiento del esqueleto de hombre-simio más completo jamás hallado: era el Australopithecus de 3,5 millones de años conocido como Pie Pequeño. Lo desenterraron en 1980 en una cueva en Sterkfontein, Sudáfrica, una de las fuentes de fósiles de animales prehistóricos más rica, pero identificaron mal los huesos y pensaron que se trataba de los restos de un mono, así que los dejaron en un almacén de la facultad de medicina de la Universidad Witwatersrand. Los redescubrió el paleoantropólogo británico Ron Clarke en mayo de 1997, y los comparó con otros huesos de pies que encontró allí. El equipo del doctor Clarke volvió a examinar el yacimiento de Sterkfontein, y en septiembre de 1998 confirmaron que habían encontrado, dentro de la piedra caliza, el esqueleto completo de un homínido de 1,20 m. de alto. Pie Pequeño había caído a un pozo en un accidente gracias al cual sus restos quedaron protegidos de los animales salvajes.

“El descubrimiento del niño de Taung, o “eslabón perdido”, entre los simios y el hombre moderno, generó un intenso debate entre los antropólogos que buscaban los orígenes de la Humanidad.”

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