Cultura | Breve balance histórico del caso Galileo

Por Susana Gómez Nuño

Galileo Galilei defendía el heliocentrismo copernicano (teoría establecida por Copérnico en la que la tierra se movía alrededor del sol, centro del sistema solar) y criticaba las teorías aristotélicas. Sus detractores eran a menudo ridiculizados por él y en esa época, la iglesia católica, partidaria del sistema geocéntrico de Ptolomeo y preocupada por sus polémicas con los protestantes, era especialmente sensible a nuevas interpretaciones de la Biblia, sobre todo cuando no había pruebas fehacientes de lo expuesto.

Galileo escribió una publicación llamada Diálogo sobre los dos sistemas del mundo donde dejaba en evidencia, en boca de uno de los personajes, a su amigo el papa Urbano VIII, con lo que perdió, también, su favor. Todo ello contribuyó a que este ilustre científico fuera acusado de herejía y tuviera que declarar ante la Santa Inquisición Romana. Finalmente, fue condenado a la edad de 70 años a cumplir arresto domiciliario de por vida.

En este punto surge el conflicto entre ciencia y religión, cuya ruptura se hace realidad a partir del “caso Galileo”, iniciándose una conmoción política y religiosa así como una revolución científica que traerá consigo un cambio de paradigma. Galileo idea sus propios inventos, se cuestiona situaciones hipotéticas y saca conclusiones mediante sus novedosas técnicas experimentales, precursoras del actual método científico. Cree que todo lo observable puede expresarse en lenguaje matemático y si no se conoce ese lenguaje no puede entenderse nada.

Así pues, las teorías de Galileo estaban basadas en un platonismo pitagórico que cobra protagonismo en detrimento del pensamiento aristotélico vigente y aceptado por la iglesia en ese momento.

A pesar de la retractación por parte de algunos pontífices mucho tiempo después, este caso ha tenido consecuencias negativas para la iglesia, siendo acusada por sus detractores de obstaculizar el avance de la ciencia. Aun así, la iglesia siempre ha intentado adaptar las Sagradas Escrituras a los nuevos descubrimientos y avances científicos, atribuyendo sus errores a una incorrecta interpretación de los textos bíblicos.

Por otro lado, el progreso que conlleva la ciencia ha perdido, en cierta manera, el campo ético y humano, ya que la ciencia avanza muy deprisa y, a veces, el código deontológico y moral que la acompaña es insuficiente, no adecuado o implica situaciones complicadas y difíciles de resolver desde el punto de vista moral.

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