Cultura | El arte como fuente de verdad

Por Susana Gómez

La verdad en el ámbito de la ciencia y el arte ha seguido, a lo largo de la historia, diferentes caminos, de forma que, en la actualidad, se acepta que el conocimiento aportado por la ciencia es verdadero aunque no ocurre lo mismo con el arte, objeto de  polémica sobre si es fuente o no de verdad. Desde la ruptura kantiana el arte se ha independizado de otras disciplinas a las que estaba subordinado, y con ello se le ha cuestionado la posibilidad de conocimiento.

Hans-Georg Gadamer

La mimesis en el arte es considerada por Platón como una copia del mundo de las ideas, con lo que la considera como algo engañoso. Tan solo era aceptable cuando el arte se hacía poseedor de una faceta educativa y de una utilidad moral que inclinaba a los hombres hacia la virtud. Para Aristóteles, en cambio, la mimesis cumple su función imitativa de la naturaleza en el arte para representar, sobre todo, acciones humanas y se aparta del moralismo de Platón. Durante este período, y con la mimesis como factor común y unificador, ciencia y arte van de la mano, y se considera que ambas esferas proporcionan conocimiento.

Con la aparición de la nueva ciencia en el siglo XVIII, la realidad se estudia bajo un prisma cuantitativo, con lo que la estética pasa de ontológica a gnoseológica. Kant propone situar en el centro de reflexión no el concepto de mimesis sino al sujeto. Esto otorga un papel independiente al arte —ciencia y arte se separan—, subordinado hasta ese momento a los conocimientos que le otorgaba la filosofía, pero a costa de perder su capacidad cognoscitiva una vez es sometido al subjetivo juicio estético. La verdad del arte queda desplazada y aparecen dos directrices principales: una negará la verdad del arte porque este no es universal y la otra la afirmará por considerar que el arte es un sentimiento del que todos tendrían que percatarse.

Como defensores de la posibilidad de conocimiento en el arte, encontramos a Hegel que considera el arte como manifestación sensible a la idea. Cree que en la obra de arte está el Espíritu racional y absoluto que necesita a la filosofía para revelar su contenido de verdad. La ambigüedad de la verdad de la estética hegeliana nos conducirá al realismo socialista —arte ya desaparecido, propio de los países comunistas— y a la escuela de Frankfurt, que pretende unificar teorías diferentes bajo un mismo concepto.

También Gadamer reivindica la verdad del arte situándola al mismo nivel cognoscitivo que las ciencias. El filósofo alemán postuló una crítica sobre la subjetivación del arte, por estar sometido a la misma metodología de las ciencias y una propuesta que muestra la comprensión del arte mediante la hermenéutica, que se materializará con la integración de la verdad del arte, no restituyendo el pasado sino uniendo este con el pensamiento presente.

El arte moderno se presenta como forma de resistencia ante una sociedad subyugada y unificada por el sistema capitalista y pierde su carácter cognoscitivo frente a la innovación o la negación de sus formas comunicativas, funcionales o creativas en detrimento de las formas tradicionales de la razón. El contraste con una cultura científica poseedora de una  visión unificada del universo, universalmente válida frente a la pluralidad e infinitas maneras de ver el mundo del arte, es significativo. Según Adorno, las obras de arte nos ofrecen un significado a la vez que nos ocultan otro y es justamente esto lo que le da valor al arte en un mundo donde todo tiende a homogeneizarse.

Por otro lado, el escepticismo ha sido el elemento central del pensamiento en las dos últimas décadas del siglo XX y se conoce como postmodernismo, el cual tiene muchos representantes de ideologías muy diferentes, tales como Lyotard, Bell, Rorty o Foucault. Pero todos ellos se caracterizan por tener una relación crítica con la tradición y no creen en la existencia de una verdad, sino solamente en impresiones subjetivas de la verdad. La estética postmoderna buscará la novedad mediante la acción y la innovación, donde destaca la tendencia a eliminar la herencia de la vanguardia y sustituirla por el eclecticismo, caracterizado por una estética kitsch —pretenciosa, cursi y de mal gusto— y los beneficios generados por un arte comercial carente de criterio estético y dependiente de los gustos del consumidor. Por tanto, para el postmodernismo el arte no es fuente de verdad, alineándose, así, con el tema kantiano de lo sublime, que Lyotard relaciona con la vanguardia, en un proceso de innovación constante, separado de la realidad y carente, así, de conocimiento.

Ante lo anteriormente expuesto, creo que la verdad no es un concepto tan solo aplicable al método científico. El arte también puede aportarnos verdad, desde la percepción de un objeto como realidad del mismo pasando por su reinterpretación hasta la integración de forma e idea. No estoy hablando de verdades objetivas y universales, sino de conocimientos provenientes de la percepción sensible que integran lo que no se puede expresar en conceptos. Vendría a ser un conocimiento distinto y alternativo al conocimiento ofrecido por la ciencia, tan racional, tan dada a la disección y con tendencia a la deshumanización.

En mi opinión, el problema que surge cuando se habla de la verdad en el arte es el método con el que se examina. Como bien decía Gadamer, el hecho de analizar el arte con el método científico da lugar a la subjetivación y por tanto invalida el conocimiento  como objetivo y verdadero. Frente a eso, el arte nos abre un universo lleno de mundos posibles, de posibilidades indeterminadas que conforman todos aquellos elementos de sentido, inestables, fluidos y no cosificados, que son al fin y al cabo, los que nos permiten hablar de la verdad del arte como algo intrínsecamente relacionado con lo humano.

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