Cine | Déjame Salir y los liberales asustados

Por Eduardo Nabal

“Déjame salir”, el impresionante debut como director de  Jordan Peele es una sólida muestra de cine de género. Pero no se sabe muy bien de que género. Seguramente estamos ante un thriller “con mensaje”, sin que quede claro cuál es ese mensaje, un filme que tras una excelente media hora- con apuntes afinados sobre el racismo latente en la clase media estadounidense de nuestros días- se convierte ante todo en un espectáculo de crueldad, salvajismo y humor negro en la mejor tradición del género. La película gana en ritmo y suspense, pero pierde ironía y sutileza a medida que se va adentrando en las mimbres del cine de terror abandonando la comedia de costumbres sobre esa civilizada familia que esconde un monstruo de racismo que ha pasado de generación en generación. Un monstruo que pasa de lo irónico a lo cruento pasando por las sombras de lo siniestro (lo excéntrico) de mayor a menor sutileza, con apuntes de humor negro y otros de thriller psicológico no siempre igual de conseguidos.  Esta joven pareja interracial parecería que va a interpretar una versión nueva de “Adivina quién viene esta noche” en la era post-Obama, pero el protagonista acaba siendo víctima de un juego macabro  y distópico que, aunque no deja respiro al espectador, desinfla la potencia corrosiva de la primera parte del filme, decantándose por lo macabro y lo sangriento. Un filme excelentemente fotografiado y con secundarios de lujo como Catherine Keener o Forrest Whitaker sin desdeñar el esfuerzo de la pareja protagonista (encabezada por un esforzado Daniel Kaluuya) en un entorno familiar progresivamente más enrarecido. Aunque el filme, en cierto sentido, deja de lado  su  carga social en favor del gran guiñol, “Déjame salir” no deja de mostrar, de forma un tanto abrupta y borrosa,  la violencia latente y armada en un sector de la sociedad estadounidense y como esta puede esconderse tras varias capas de apariencia “civilizada”. Mezclando la sátira y el drama psicológico, el filme de Jordan Peele acaba siendo sobre todo una lección para otras películas de terror con pretensiones y fuegos artificiales (tipo “The purgue”) que se quedan en nada frente a la garra afilada y la pluma feroz de “Déjame salir”, con sus criaturas deambulando hacia una trampa escondida en una alienante cotidianeidad que los aboca a comportarse como autómatas. A pesar de un cuarto de hora final que debe demasiado al “thriller” moderno, sus giros y sus convenciones, Peele consigue una película brillante que nunca decae. No obstante, su paso de un género a otro y los espectaculares cambios que se operan en su trama como en sus personajes, inquietan, sobre todo, por lo que se parecen a los que suplantan.

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