El capitalismo: el fantasma de las navidades de siempre

Por Manuel Tirado Guevara con ilustración de LaRataGris

Se acercaban las fechas navideñas y el frío se deslizaba sobre las calles de la ciudad como un fantasma desolador, tiránico y cruel. En las puertas de unos grandes almacenes brillaban unas luces parpadeantes, cuyos guiños cuasi apocalípticos dejaban boquiabiertos a todos los niños que por allí pasaban.

Bajo las luces navideñas, el sonido de los villancicos se mezclaba con el olor del puesto de castañas asadas. Justo en la puerta de los grandes almacenes, como cada tarde, José se sentaba y desplegaba un pequeño cartel, hecho con el reverso de una caja de leche vacía, en el que se veía una inscripción, casi ilegible, donde en pocas palabras se relataban las miserias y desventuras que le habían tocado en suerte vivir y donde pedía una pequeña ayuda para poder esquivarlas mejor.

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José era un hombre entrado en años, de rostro enjuto y arrugado, con unas cejas muy pobladas y completamente calvo. Vestía un raído abrigo negro y cumplía cada tarde con el ritual de sentarse a pedir limosna frente a las puertas de aquellos grandes almacenes, unas puertas que engullían pantagruélicamente a esas estampas de familias que irradian dicha y felicidad y que se disponen a rendir pleitesía al consumismo cual fanáticos de una secta prohibida.

La imagen de José desentonaba con esa otra estampa feliz, de algarabía y de júbilo que suele rodear estas fechas navideñas, donde todo parece estar hecho a la medida de un cuento de hadas. A veces, José se ve como un extraño que viene a enturbiar el paraíso de los demás y muchas veces se siente hasta culpable por no estar tan feliz como la gente que lo rodea.

José contemplaba aquellas escenas familiares que lo invitaban al nada apetecible ejercicio de la melancolía, a un riguroso examen de recuerdos, que lo trasladaban mágicamente a su niñez y a la casa de paredes encaladas en el pueblo que lo vio nacer.

Recordaba con añoranza las cenas familiares del veinticuatro de diciembre, cuando toda su familia se reunía alrededor de la chimenea cantando villancicos y su abuelo tocaba un almirez de cobre con maestría apolínea, acompañado siempre por su abuela, que acariciaba con una cuchara el costado de una botella de aguardiente vacía.

La quietud y el sosiego de las navidades de su pueblo… ¡Cuán diferentes eran estas fechas navideñas aquí en esta gélida ciudad! Porque en esta gran urbe las calles estaban repletas de luces suntuosas, llevando de un lado a otro una marea inmensa de personas, que como fantasmas, recorrían las sierpes de asfalto mirando únicamente a sus pies, sin percatarse de la presencia de los demás, sumidos en sus propios pensamientos y despreocupados de las otras sombras que los rodeaban.

En aquel preciso instante, José, con los ojos inyectados en sangre, se levantó del suelo, soltó de entre sus manos el cartel en el que ponía “Una ayuda. Por favor”, alzó sus brazos apuntando al cielo, como si hubiese entrado en trance, y con una voz hueca y aguardentosa se dispuso a hablar a todas las personas que pasaban por las puertas de los grandes almacenes.

¡Oh, vosotros, infame turba de capitalistas aves, buitres que buscáis las escaleras mecánicas, esas alargadas serpientes de acero, y os disponéis a quemaros en las llamas de un infierno salvaje creado por el mercantilismo y el consumismo! ¡Vosotros, que como las desoladas ninfas del arrabal, vendéis vuestras almas por el último modelo de PlayStation y os matáis por dos perras gordas en vuestros miserables trabajos para que vuestros hijos lleven el mejor móvil a la escuela, en vez del mejor libro! ¡Vosotros que habéis convertido la Navidad en un mero anuncio publicitario y os movéis cual zombis de serie B en busca de la carnaza más apetecible y que mejor os han vendido en la caja tonta!…

Entonces sintió cómo alguien tocaba su hombro. Un policía despertó a José, que al parecer se había quedado dormido y lo invitó a abandonar la puerta de los grandes almacenes. El vagabundo, quizá a causa del mucho vino bebido durante todo el día, había caído en los brazos de Morfeo y había sufrido una pesadilla o tal vez un sueño hermoso, no sabía cómo definirlo.

Acto seguido, con rostro taciturno recogió el cartel del suelo y las pocas monedas que habían arrojado los piadosos transeúntes y se marchó a la cola del albergue para que le dieran pan y techo aquella noche.

Lo cierto es que a José vino a visitarlo el fantasma de las navidades de siempre. Ese fantasma que cada año nos visita también a nosotros y que nos muestra el dolor de algunos frente a la felicidad y la dicha de otros. Un fantasma que recorre el mundo y que aterroriza a mucha más gente por esta fechas. El fantasma de las navidades de siempre: el Capitalismo.

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