El capitalismo crea monstruos

Por Manuel Tirado @manologandi


Leo unas declaraciones del expresidente uruguayo Pepe Mújica sobre la llegada de Donald Trump al poder en las que venía a decir que lo que está pasando en el mundo hoy en día es muy parecido a lo que pasó en los años 30 con el auge del fascismo y, más si cabe, cuando se ha producido la llegada al poder de encantadores de serpientes como Trump, que desprecian los logros sociales y se forjan alrededor de un discurso basado en aprovechar al máximo la pérdida de confianza de las clases medias en el “establisment” y en volcar las culpas de los males nacionales en la inmigración ilegal y las minorías étnicas.

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No le falta razón a Mújica al esgrimir que se avecinan tiempos convulsos y que la extrema derecha está tomando una fuerza inusitada en muchos países y está consiguiendo adeptos a un ritmo exacerbado en los últimos tiempos. Y precisamente eso es lo que más me preocupa de este asunto: la legitimidad que han adquirido ciertos grupos racistas y de extrema derecha en Estados Unidos. Personalmente creo que de cara al exterior la política de Trump no distará mucho de la que siempre ha aplicado E.E.U.U tradicionalmente. El gran problema creo que surgirá en el interior, donde grupos como el Ku Klux Klan y otros grupos de corte neonazi, representantes de la ideología de la supremacía blanca, se van a ver legitimados simplemente por la actitud y el discurso de un presidente que durante la campaña electoral no ha vacilado en atacar a las minorías a través de un discurso xenófobo y excluyente.

No podemos considerar a Trump heredero ni de Hitler ni Mussolini, todo hay que decirlo, ya que los personajes de la historia universal, como apuntaba Carl Marx, si aparecen dos veces, la primera siempre es como tragedia, la segunda es como farsa, y a mí me suena Trump más a farsa que a tragedia. Veremos cómo termina la obra.

Lo cierto es que es evidente que el liderazgo de Trump ha atraído a mucho votante que en el fondo es como él mismo. Digamos que Trump es como un espejo. En la figura de Trump se ven reflejadas claramente los males de la sociedad estadounidense. Por un lado, el racismo inherente desde los tiempos de la esclavitud (sobre todo en los estados del Sur), y por otro, el gusto de los norteamericanos por todo lo que tenga que ver con la política como espectáculo.

Trump es un “showman”. Eso hay que reconocerlo. Y ha explotado esa capacidad que tiene de histrión para jugar con esa ignorancia colectiva que se ceba con gran parte de la sociedad estadounidense y de la que son cómplices sus medios de comunicación y sobre todo el cine de Hollywood, que durante años ha creado el estereotipo del buen americano, ciudadano de bien, defensor de la familia y de los valores tradicionales, frente a los estereotipos raciales de las minorías donde se identifica al hispano con narcotraficante, al musulmán con terrorista y al negro con las bandas y la violencia callejera.

Estos tópicos claramente impregnados en el subconsciente colectivo estadounidense refuerzan los prejuicios racistas y, junto a esa ignorancia de la verdadera realidad y la falta de cultura de la que hablaba antes, han sido un caldo de cultivo perfecto para que un tipo como Donald Trump se haya hecho con la presidencia del país más poderoso del mundo.

Claro que el maltrato a las minorías en el cine y en los “mass media” estadounidenses no es nada nuevo. Obama se proclamó presidente con ese mismo cine y esos mismos medios de comunicación, pero el gran problema, y lo nuevo de este asunto, era la alternativa que en este caso tenía el conjunto de la población frente a Trump. Esa alternativa era nula, porque Hillary Clinton representaba exactamente lo mismo que Trump, pero con distinto envoltorio. De esta forma, la gran mayoría de los votantes de Trump han elegido al “showman”, al que sonaba diferente a un orden político en el que ya no creían, a un personaje cuyo discurso calaba perfectamente en sus conciencias. Un nuevo héroe de este capitalismo salvaje en el que vivimos y del que nos va a costar mucho salir.

Trump es un fascista, pero no podemos criticarlo ni a él ni a la decisión tomada por la sociedad estadounidense sin criticar al mismo tiempo al sistema que ha creado el monstruo, que no es otro que el capitalismo. Como apuntaba Bertold Brecht: “¿De qué sirve decir la verdad sobre el fascismo que se condena si no se dice nada contra el capitalismo que lo origina? Una verdad de este género no reporta ninguna utilidad práctica. Estar contra el fascismo sin estar contra el capitalismo, rebelarse contra la barbarie que nace de la barbarie, equivale a reclamar una parte del ternero y oponerse a sacrificarlo”.

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