Año mariano

Por Daniel Seijo  | Ilustración de ElKoko

La comparecencia en la Audiencia Nacional del presidente del gobierno, Mariano Rajoy Brey, como testigo en el juicio por la primera época de la trama Gürtel; nombre este con el que se denomina a la red de corrupción vinculada al Partido Popular que ha sentado en el banquillo a decenas de empresarios y políticos disolutos, supone un paso más en el devenir judicial de la posiblemente mayor trama de corrupción política de nuestro país, además de marcar un punto y a aparte en la perversión del Partido Popular, así como en la decadencia moral del conjunto de nuestras instituciones. La histórica declaración del presidente de Gobierno como testigo en un juicio por la corrupción de su partido, supone sin duda un hito televisivo, una oportunidad para los grandes titulares, los pequeños artículos, como el que en este momento me dispongo a desarrollar y seguramente poco más, después de todo, nadie en su sano juicio podría esperar en España un varapalo judicial serio contra los mandamases del PP,  nadie excepto los más crédulos o inocentes con el sistema.

En una actuación perfectamente ajustada al derecho, en un país en donde las normas y las leyes han estado siempre moldeadas para castigar con mayor contundencia al robagallinas que al ladrón de guante blanco, el presidente del Tribunal, Ángel Hurtado, trastocó desde un primer momento toda posibilidad de sorpresa en el desarrollo de la jornada, cuando entre continuas interrupciones y oportunos vetos a preguntas consideradas como “no pertinentes”, logró facilitar en gran medida la defensa de un Mariano Rajoy, que si bien acudía a este juicio oficialmente como testigo, no pudo ocultar en un inicio los nervios propios de quien se sabe suspendido sobre un gran foso de corrupción política totalmente inasumible para un presidente del gobierno.

Pronto, el nerviosismo inicial dio paso a una plácida comparecencia marcada en la dirección por un Ángel Hurtado dispuesto a entorpecer la posibilidad de los abogados de indagar en matices o intentar que el testigo pudiese incurrir en alguna contradicción en sus declaraciones. Ante este devenir de los acontecimientos, Rajoy vaciló por momentos entre la amnesia propia de la familia real, haciendo gala en su declaración de los siempre útiles “no lo sé”, “no lo recuerdo”, “no me consta” y la aparentemente más elaborada estrategia de intentar separar la realidad económica y política de su partido. “Mi responsabilidad era política, no económica” o “Yo era un político y lo sigo siendo (…) eso no es tarea del presidente, sino de los servicios económicos”.

En apenas dos horas, el líder del Partido Popular, tuvo tiempo para negar conocimiento alguno sobre la financiación irregular del PP, los sobresueldos, las obras de su sede central o las cuentas A de su partido. “No tuve absolutamente ningún conocimiento (de la caja B). Mis responsabilidades son políticas, no de contabilidad”. Todo ello, pese a la insistencia del Partido Popular en la absoluta predisposición del presidente del Gobierno, para lograr esclarecer la responsabilidad política de su partido en los casos de corrupción; una falsa actitud de complacencia con la justicia que pronto se vino abajo, cuando haciendo uso de sus privilegios, el presidente del Gobierno decidió entrar a escondidas en la Audiencia Nacional intentando evitar el acoso de la prensa y de una gran parte de la ciudadanía, que se manifestaba en las cercanías dando muestra de su hartazgo con el lodazal de corrupción política en su partido.

Volvió entonces el Rajoy más burlón, el que con la inestimable ayuda de los abogados defensores se permitió una vez más recurrir; esta vez en sede judicial, a la posverdad, a la chulería parlamentaria, “Igual se ha confundido usted de testigo”, le recriminó al abogado de la asociación que logró que se le citase a declarar como testigo, y al pasotismo, “en el Partido Popular ha habido sus problemas y sus historias, como las ha habido, y muchas, en otras fuerzas políticas distintas“. A duras penas, el presidente del Gobierno logró abandonar la Audiencia Nacional evitando en cierta medida el componente mediático, en un proceso judicial por la trama Gürtel, en donde precisamente la prensa se ha encargado en más de una ocasión de ponerlo contra las cuerdas o más exactamente tras la pantalla de un plasma.

Pese a todo, resultará complicado para Mariano Rajoy salir airoso como presidente del Partido Popular, de un proceso que en gran medida engloba la contabilidad B de su partido  (una trama de recepción de donativos ilegales de constructoras y entrega de dinero negro a los dirigentes conservadores) que ha salpicado ya de una u otra forma a todos los niveles de su organización. El apelar al “yo no sé nada” y el desesperado aferramiento al poder, fruto de la inexplicable complacencia de PSOE y Ciudadanos, además de la inoperancia institucional de Unidos Podemos, suponen una excusa demasiado efímera para un presidente del Gobierno envuelto por incapaz o por complice, en la mayor trama de corrupción política de nuestro país. Un país que pese a todo continua sumido en la más absoluta docilidad frente a los desmanes de una clase dirigente que lo gobierna con impunidad cara al abismo.

“Lo siento mucho pero las cosas son como son y a veces no son como a uno le gustaría que fueran”

Mariano Rajoy Brey 

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