Divulgación | Huelgas extraviadas

Por Marta González @Clarissablair86

Las huelgas actuales son bochornosas. Salir a la calle a gritar con banderas republicanas se ha convertido en algo más que habitual, reiterando los motivos que ya conocemos: reivindicación lingüística, reformas de la educación pésimas, recortes en servicios básicos, etc. Pero, ¿qué son hoy en día las huelgas? ¿Realmente se trata de una buena respuesta social? ¿Tienen algún matiz verdaderamente progresista y, por ende, con valores de colectividad? Mi experiencia, que se ciñe a observar los acontecimientos que se desarrollan en mi pequeña ciudad, me ha hecho adquirir un profundo rechazo a estos cauces de protesta.

Fotografía de Fotomovimiento

Empecemos, primero, por señalar los integrantes de las huelgas educativas y lingüísticas, sus conductores y a lo que estos se dedican. La gran mayoría de sus miembros -y de nuevo me ciño a mi humilde experiencia- son alumnos de instituto, casi todos menores de edad, que quedan a la hora de entrada en la puerta del edificio para juntarse. Esto no es de extrañar, no ya por la afectación adolescente y lo atractivo de salir a manifestarse, sino por el adoctrinamiento que los profesores hacen en las aulas, en este punto concreto nos referimos, principalmente, a las huelgas en defensa de una lengua. En el instituto en el cual estudié a menudo los profesores de gallego traían a colación una “charla informal y cercana” con sus alumnos para inducirles a asistir a la huelga de turno. Pero dejaremos esto, que nos haría alargarnos demasiado.

Volviendo a sus miembros, estos se juntan delante del instituto y suben al campus universitario, para “sacar a la gente de las aulas”. Una vez uno apareció con una motosierra, a saber de dónde la había sacado, quizás su padre fuera leñador. La cuestión es que suben y colocan un banco en la entrada, tablas, silicona, o lo que sea. Después, más tarde, cuando hay más estudiantes en la facultad -y han apartado sus terribles obstáculos en el acceso-, van aula por aula. Estamos en la facultad de Derecho, una niña a la que se le echan dieciséis años como máximo se coloca en el atril y empieza su discurso con un brillante: “La huelga es un derecho fundamental”. Se queda callada, quizás espere un aplauso. “Es un derecho incluso preconstitucional”, suelta su amiga, que se ha pintado los ojos a ver si se fija en ella el anarquista de su clase, que es repetidor y fuma. Hablan de lo que sea, que si los recortes, que si la educación se va a convertir en algo para ricos, que si Wert y demás. Los alumnos de Derecho, hartos de la tontería, esperan pacientemente a que se callen, hasta que alguien termina por cansarse y dice: “También es un derecho no asistir a la huelga, he pagado una matrícula muy cara para perderme las clases”. Luego empiezan los enfrentamientos, los niños dan golpes por los pasillos, utilizan megáfonos, a veces insultan, un profesor nombra el art. 315.3 del Código Penal, pero ellos no entienden de letras, textos escritos, quieren pasarlo bien, protestar, jugar a ser progresistas sin tener ni idea, en realidad, de lo que están haciendo. Llega la hora de congregarse en la calle y se van, y allí caminan hasta la Plaza Mayor y dan gritos y hondean banderas, luego igual quedan para comer todos juntos, o se van a casa, porque a la tarde tienen inglés y su madre les obliga a ir, que para algo paga a una profesora particular. Por la tarde las tiendas dejan la persiana metálica medio bajada, porque tienen miedo a que algún animal entre ahí y les destroce todo o, si son mujeres las que ahí trabajan, que puedan meterse con ellas. En cualquier caso, huir del enfrentamiento. Una chica, en el mostrador de una perfumería, dice: “El poco trabajo que tenemos y aún encima nos lo quieren quitar”. ¿Y si esa mujer no puede permitirse un día sin sueldo, porque gana seiscientos euros y se le ha estropeado la lavadora? Y un salvaje tira algo contundente, grande y pesado, que no le da tiempo a ver, y rompe la luna del escaparate. Pero con una capucha, que al lado hay un banco y tiene cámaras en la calle. El progresista, el que lucha por el bien de la sociedad.

alpuerto
Fotografía de Alpuerto

Las huelgas, hoy en día, se han vuelto un auténtico circo infantil. La gente se va a la calle y se divierte, porque no hay nada más divertido que gritar, para algo somos españoles. Pero su eficacia no es sólo nula, sino que puede llegar a producir el efecto contrario. Los funcionarios que no vayan a trabajar sufrirán un descuento en el sueldo, que se ahorrará el Estado. (¿Hacen también un descuento en la subvención de Comisiones Obreras o ellos se mantienen al margen?). Se supone que con la huelga se pretende expresar un descontento colectivo por la causa que sea. Y también se pretende, además, que sirva para algo, que ejerza una presión destinada a la consecución de medidas por parte del poder político beneficiosas para la sociedad en su conjunto. Algo que debemos preguntarnos es si las huelgas logran eso, si dedicarse a gritar en un periodo de horas concretas por las calles, y no trabajar durante un día, se trata de una protesta efectiva. Porque sin eficacia, ¿de qué sirve? Claro que parecen valer, sencillamente, para que la gente que participa en ellas se divierta.

Los motivos de las huelgas, a menudo, son de lo más correctos. La LOMCE produce náuseas, por ejemplo. Las cuestiones que denuncian son, sin duda y en su mayoría, muy denunciables. Cojamos, por ejemplo, los “recortes en educación”. Se busca que la formación resulte asequible, que los precios públicos de las universidades se rebajen, que haya suficientes profesores y un número satisfecho de alumnos que, cuando quieran, tengan la posibilidad de estudiar, un programa rico en contenidos -con Historia de la Filosofía como asignatura obligatoria, por ejemplo-. Ello es loable. No obstante después llega el momento de, en unidad, protestar contra las medidas que dañan estos objetivos, y alguien va rompiendo lunas de comercios o una criaja llama “niña rica e individualista” a la alumna que asiste a su clase de Derecho del Trabajo y de la Seguridad Social, porque está en su pleno derecho y porque le da la gana, sin tener que entrar en ninguna otra justificación. ¿Habrá pensado, la susodicha criaja, que igual todos estamos de acuerdo en lo que está mal pero no en la manera de atacarlo? La huelga, que debería ser un acto de lo más cívico, en defensa de valores colectivos y de progreso social como base ineludible, es un factor de desunión, de ignorancia en las formas y, por supuesto, atraso social; porque no hay mayor atraso que intentar reventar los derechos de cada individuo poniendo silicona en la puerta de un colegio. Quizás estas palabras sean injustas y en realidad el “piquete” sólo pretenda destacar que es necesaria una mayor inversión en educación, porque de no ser así, habrá más personas como él, con su mismo comportamiento porcino.

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