Divulgación | El intelectual orgánico en Gramsci

Por C. Zeigarnik @C_Zeigarnik

Siguiendo la estela marcada por el artículo anterior, ha llegado el momento de encarar un nuevo concepto de la filosofía gramsciana: el intelectual orgánico. Antes de adentrarse en el concepto en sí, es necesario hallar las raíces en su extensa obra, pues de poco vale la explicación si no se logra comprender el contexto en el que fue desarrollada, ni las referencias utilizadas que pueden consultar los propios lectores, pues es posible que muchos estén ávidos de conocer aún más de esta figura emblemática del comunismo italiano. Valga decir, aunque ya se irá percibiendo a lo largo de la lectura, que lo que aquí se analiza es al intelectual de las clases dominantes. En cuanto al intelectual revolucionario, que casi merece un artículo propio, el lector podrá soslayar analogías con relativa facilidad.

Ilustración de Arton

En un primer momento, Gramsci analiza la función que desempeñan los intelectuales en la Italia de 1926. Como puede comprobarse en La cuestión meridional (1952), para él no son más que mediadores entre el bloque industrial y agrario residente en el poder, y las masas obreras y campesinas. En los Cuadernos de la cárcel, en cambio, se centra en otro periodo histórico muy concreto, el llamado Risorgimento (la constitución del Estado unitario italiano), pero ya no se limita a esas cuestiones históricas y políticas, sino que trata de extraer las características diferenciadoras de los intelectuales para un estudio más profundo, sentando las bases de una metodología analítica sin parangón. Este hecho es extraordinario en los Cuadernos, y revela –quizá– que era consciente de la originalidad de la investigación que se traía entre manos. Lo que se resumirá a continuación serán esas peculiaridades que definen al intelectual orgánico de Gramsci, y que pueden encontrarse en: Los intelectuales y la organización de la cultura (1949).

Desde el punto de vista social, un intelectual es aquel que asume el papel de organizador y administrador en alguno o en varios ámbitos de la superestructura, e incluso de la estructura. Una de sus citas más conocidas es: “Todos los hombres son intelectuales, podríamos decir, pero no todos los hombres tienen en la sociedad la función de intelectuales”. Aunque es muy elocuente y la segunda acotación es interesante, añade que cualquier hombre: “fuera de su profesión, despliega cierta actividad intelectual”. Si lo que identifica a un intelectual es esa actividad realizada fuera de su profesión, ¿existen rangos o sectores en los que actúan? Para Gramsci no existía una clase única de intelectuales, sino que entendía que todos los grupos sociales tenían su propio sector de ellos, o tendían a formarlo, con o sin éxito. En la España recién golpeada por la crisis, por ejemplo, los intelectuales apenas formaban una masa amorfa, que buscaba su lugar. Gramsci dijo que en ese tipo de coyunturas tan desfavorables, que carecen de una hegemonía sólida, los intelectuales tienden a organizarse y politizar a los sectores en los que actúan.

La creación de los susodichos sectores de intelectuales tiene un carácter orgánico (de ahí el nombre completo del concepto), puesto que existe una vinculación entre los intelectuales y el grupo social al que pertenecen, no sólo desde un punto de vista externo, sino por el papel que desempeñan en el interior del grupo. Dentro de él representan la homogeneidad y la conciencia de su propia función en cualquiera de los campos que frecuentan (económico, político, social, cultural). Pudiera parecer que se tratan de funcionarios de la superestructura, pero no es así, ya que son los encargados de mantener el vínculo entre estructura y superestructura en el bloque histórico. Como lo que analizó este autor es el ámbito de acción capitalista adoptado en Occidente, los intelectuales podían ocupar las siguientes profesiones:

Desde el ámbito de la sociedad civil, podían ser: educadores a todos los niveles, clérigos, organizadores y administradores de medios de comunicación, burócratas e ideólogos de organizaciones privadas de todo tipo, que incluyen a partidos políticos y sindicatos, participantes además del siguiente grupo, la sociedad política. De ésta extrae como posibles intelectuales a aquellos que ocupan los diferentes niveles de la burocracia estatal y militar, así como el personal técnico y jurídico, etc. Por último, desde el punto de vista productivo: técnicos, ingenieros, empresarios… Es decir, aquellos ligados al mundo de la economía. Para Gramsci los intelectuales son los que, en resumen, están encargados de mantener la hegemonía en los múltiples ámbitos de la sociedad civil. Son empleados de las clases dominantes y se encargan, por un lado, de administrar la producción y, por otro, de mantener la dominación y la hegemonía estatales. Así, podemos ver con claridad una triple función: vincular estructura y superestructura, mantener la coerción estatal, y articular las sociedades civil y política.

No es necesario dar ejemplos en España de esa cohesión social que es capaz de expandir, por enumerar algunos ejemplos, nuestra educación, la Iglesia, los medios de comunicación, la literatura bestselleriana, etc. Muchos son los ideólogos y funcionarios –a diferentes niveles– encargados de la difusión de una concepción del mundo, un ideal de hombre y mujer, una única visión de la economía, de otorgar limitados grados de participación popular… Hoy en día, en nuestros canales de televisión, cualquier patán es experto de todo, no importa su procedencia ni su formación. Se alcanzan casos esperpénticos, en los que algunos personajillos se atreven a opinar de cuestiones judiciales sin tener los más mínimos conocimientos en la materia, o que, sin ir más lejos, una antigua presentadora de programas de la farándula termine dirigiendo programas centrados en la política estatal. Este tipo de “sucesos” sólo ocurren aquí, no tienen parangón en Europa. Porque, si hay algo que extraer de la lección de Gramsci, es que los intelectuales no sólo están vinculados a la mitificada intelligentsia, sino que intelectual es aquel hombre que desempeña en la sociedad funciones administrativas y conectivas políticamente viables, sin necesidad de que éste, repito, sea un gran pensador.

Sin más, y aunque no suelo dirigirme a título personal a nadie, me gustaría hacer una mención especial a la estulta Rita Barberá, porque gracias a ella se ha hablado de Antonio Gramsci esta semana, y eso, en los tiempos que corren, es un buen motivo de alegría.

Deja un comentario

Uso de cookies

Nueva Revolución utiliza cookies, no podemos evitarlo. Al seguir navegando estás dando tu consentimiento para la aceptación de las cookies y la aceptación de nuestra política de cookies CERRAR